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Por: Redacción La Industria

PLAN B

Publicada el 26/04/2020 - 09:32 PM

Cuentos liberteños: seis textos breves para que aproveches a leer durante la cuarentena [III]


Publicamos seis textos literarios escritos por autores del norte peruano para que te puedan acompañar en tu aislamiento domiciliario.

SED, por Karina Bocanegra


A pesar de todo se sentía muy contenta, como quien está a punto de ser liberada. Era como si por fin pudiera asir la vida, la verdadera vida, la verdad tan anhelada por su sediento corazón. Cerró la puerta tras de sí y se dirigió al océano mirífico; pero antes haría una parada en su heladería preferida. Caminaba con nuevos bríos, con esperanza renovada. Ya no importaban demasiado los demás; esas miradas desagradables, esos olores, esos ruidos; pero por sobre todas las cosas, ya no tendría que soportar la falsedad en que vivía su familia. Pronto todo terminaría, pronto se apagarían todas las luces artificiales y brillaría la única luz omnipotente, aquella que alguna vez pudo vislumbrar parcialmente en una experiencia extraña. La recordaba muy bien, en aquella ocasión había tenido insomnio durante una semana, se encontraba exhausta. Sus padres habían salido de viaje. Tomó algunas infusiones de hierbas, luego pastillas, pero no surtieron efecto. Entonces recordó unos ejercicios de respiración que había aprendido en clases de Yoga. Los practicó tan intensamente, y con tanta determinación, que entró en un estado nuevo. Al cabo de unos minutos, sintió su cuerpo desdoblarse, como si su alma se elevara por encima de su cuerpo físico, y podía verse recostada en la cama de sábanas blancas. Se elevaba cada vez más, hasta vislumbrar una claridad inusitada jamás vista, jamás imaginada. Aspiraba la luz misteriosa y era como sentir paz interminable, estática, perfecta. Era una luminosidad más allá de los límites de su percepción. Así transcurrió la noche; no supe si fue un sueño, un viaje astral, una visión; solo sabía que esa luz perfecta existía, y que quizás algún día la volvería a ver, esta vez permanente.  

Creía haber visto a Dios; pero no sería la primera vez. 

En sus sueños había visto a ese hombre llamado Cristo, de diferentes maneras. Era curioso, en un sueño el Mesías caminaba sobre las aguas y extendía sus brazos hacia ella, y le preguntaba: «Cuál es la medida de todas las cosas?». Inmediatamente después despertó sobresaltada, preguntándose la razón de esa presencia, de esa pregunta, de todo. Era evidente, quizás la respuesta era el amor, el amor universal y eterno. Pero, ¿qué era el amor? No lo sabía, no tenía certezas, solamente preguntas infinitas que devoraban sus pensamientos. ¿Miedo a la muerte? Claro que sí, miedo al dolor, a lo desconocido, pero, sobre todo, hambre y sed de paz.

Meditaba en todas estas cosas mientras agitaba sus pasos entre la muchedumbre. Por fin llegó a la heladería El Chileno; aunque los precios eran elevados, no dudó en pedir un banana split -su último deseo resultaba tan sencillo, tan mundano, tan accesible.

Se encontraba muy tranquila; todo lo que había escuchado sobre quitarse la vida le resultaba irrisorio. Las personas se llenaban la boca de juicios y críticas, pero la verdad es que solo eran unos cobardes, pusilánimes, seres que sufrían los golpes del destino estoicamente, sin intentar cambiar nada, sin preguntarse: «¿Para qué vivimos?». Su cultura era muy inferior a otras, las personas carecían de educación. En su país, se leía menos de un libro al año, en promedio. Los modales de la mayoría dejaban mucho que desear. Ella estaba tan cansada, tan asqueada, tan hastiada de vivir en ese entorno hostil y banal. Podían llamarla cobarde por huir del mundo, podían burlarse, lamentarse, juzgarla hasta el cansancio; lo cierto era que ella ya no estaría para soportar nada, pero ellos sí seguirían sufriendo, seguirían preguntándose la razón de su sufrimiento, y continuarían dañándose unos a otros sin ningún sentido.

Se consideraba dueña de su destino ahora.

Pagó la cuenta como quien se despide del dinero, ese símbolo de materialismo sin límites.

Tomó un taxi a Huanchaco, donde por fin su sed sería saciada. Pensaba en el dolor y la desesperación que sentiría al ahogarse; hubiera preferido una muerte instantánea, pero no tenía más recursos. Además, morir en el océano le parecía algo bello.

De pronto, el taxi se detuvo intempestivamente a la altura de Chan Chan. Dos sujetos con pasamontañas entraron por ambos lados del asiento trasero.

Uno de ellos le apuntó a Marina en la sien. 

-¡Dame tu mochila mierda! -gritó con voz gutural.

Ella quería morir, era cierto, y ya no necesitaría de sus pertenencias. Pero prefería preservar su dignidad.

Entonces luchó con los bandidos; se oyó el disparo como una puerta que se cierra abruptamente.

A la mañana siguiente, su fotografía en el diario espantó a todos sus familiares, amigos y conocidos. Aparecía cubierta de polvo, con la sangre derramándose alrededor de su cráneo.

De todos modos, en casa, su carta fue leída.

Marina por fin había sido liberada.

 


LA GRAN OBRA, Jorge Chávez Peralta


“La rueda de la fortuna en Escorpio, casa ocho. Escorpio es el signo de la transmutación, pero en la casa ocho la muerte podría ser física o iniciática. Urano –el planeta de los hallazgos y los accidentes–  aparece mal aspectado. Que resulte exitosa o fatal dependerá de tu karma. Sé prudente, pues las operaciones de Alta Magia son para los privilegiados”, me había advertido el astrólogo.

Ahora la Luna está en Cáncer, en trígono con el Sol, y es demasiado tarde para dubitaciones. Estoy solo y sin alternativas al borde de una empresa que la han intentado únicamente los sabios y los insensatos. Admito mi osadía. Según la tradición alquímica, realizar la Gran Obra –el Magnus Opus– implica un riesgo peligrosísimo. Pero el arte de la trasmutación, celosamente conservado por una cadena secreta de iniciados, aún tiene seguidores y mantiene su oferta.

Dentro de cinco minutos la geometría celeste será perfecta para la operación. Favorable, lograre la gnosis, saborearé el Absoluto, conquistaré la inmortalidad, me convertiré en el superhombre soñado por Nietzsche; seré, por fin, auténtico y libre. Si fallo, quedaré seriamente afectado y necesitaré docenas de reencarnaciones para recobrar mi normalidad.

Mientras tiendo el petate en el centro de la habitación, recuerdo mi afanosa búsqueda en los intrincados vericuetos de la filosofía esotérica; las severas disciplinas a las que me sometí (incluidas las prolongadas abstinencias sexuales); las muchísimas sesiones dedicados a los estudios de astrología, numerología, cábala y yoga; mis aprendizajes en la teosofía y el rosacrucismo para convencerme de que la trasmutación de la energía sexual en espiritual es la única posibilidad real de evolución; la conversión del plomo en oro que los alquimistas del Medioevo la llamaban la Gran Obra.

Se fundamenta en el axioma hermético “Así como arriba, así abajo”. Legado de razas desaparecidas, misterio conservado en símbolos y claves secretas, la alquimia enseña que el hombre es una réplica del macrocosmos y que los planetas tienen correspondencias analógicas con la anatomía humana. En un texto de tantra yoga traducido por Gitchel se afirma que Saturno –planeta ahora lejano y sombrío– fue el Sol al inicio de la creación. En algún momento perdió ese privilegio y se convirtió en Satán. En nuestro cuerpo se ubica a la altura de los genitales, rige la fuerza creativa humana y espera recobrar su grandeza original.

Para que el milagro ocurra debe actuar kundalini, una fuerza poderosísima concentrada en la base de la espina dorsal, a la altura del hueso sacro (sagrado por esta razón) y simbolizada como una serpiente dormida que aguarda su despertar. Pero nadie puede prever el resultado: ilumina a Saturno y la redención se cumple, o condena para siempre al osado. Pienso en el mito adámico, en la serpiente del paraíso, en la expulsión y el castigo; pero también en la trasmutación, en la salvación.

Sentado en la posición loto delos yoguis, repaso las fases de la operación: relajar el cuerpo, controlar el ritmo de la respiración, visualizar el chakra muladhara debajo del ombligo, el color amarillo intenso y pronunciar el mantra sagrado. Según el testimonio de algunos ocultistas y místicos, la Gran Experiencia es como sumergirse en un mar de fuego y fundirse en un éxtasis inefable, en una perpetua bienaventuranza sin noción del tiempo y el espacio; el yo individual se funde en un océano de luz y la existencia se revela como Unidad y Absoluto.

Mi cuerpo está completamente relajado y mi respiro acompasadamente. Cuando expulso todo el aire puedo percibir una gama de vibraciones que penetran el universo e intuir la presencia de un ser impersonal, de Algo. Visualizo el chakra de cuatro pétalos y el color amarillo a la altura del plexo sexual; el amarillo se intensifica hasta adquirir matices anaranjados y rojizos, el océano de vibraciones se torna denso y se produce una opresión molestosa en mi ombligo. ¿Qué ocurre? No he sentido que kundalini haya tocado svadistana, el segundo chakra, y está tocando manipura, el tercero. Emito el mantra om varias veces para corregir el orden. Pero mi cuerpo se está entumeciendo y mi respiración se acorta.

Antes de perderla conciencia, alcanzo a visualizar muladhara palpitando como un molusco agónico, tornarse rojizo y aureolado por tonalidades iridiscentes; la rueda oleaginosa empieza a girar, se convierte en una masa oscura (¿el huevo filosófico, el caos, la energía primordial, acaso?). Un taladro candente, un dolor intensísimo me penetra la zona umbilical, invade la parte inferior de mi cuerpo. La bola bituminosa se hincha, brilla; de pronto escucho que se quiebra y siento que algo se escapa por la fisura. Cierro los ojos, pero puedo verla serpiente inmemorial, la tarasca bíblica erguida a un palmo frente a mí. Delgada, brillante como una hebra de luz, me mira fijamente.

 


LOS AHORROS DE FIORELLA, por César Clavijo


Fiorella llora en el parque porque le han robado. No lleva maquillaje y, por eso, las lágrimas resbalan sobre su rostro delineando un riachuelo recto y transparente. El parque huele a césped recién cortado y su cabello, a champú. Vive a una calle. Cuando terminó de ducharse para ir a la universidad, se dio cuenta de que le faltaba el dinero que juntó durante todo un año.

Roberto, que pasea con su perro, se anima y le habla, a pesar del temor de ser rechazado. Fiorella voltea para secarse las lágrimas y limpiarse la inundada nariz. Roberto le extiende un pedazo de papel higiénico. Siempre lleva uno en los bolsillos. Puedo ayudarte, insiste. El pastor alemán ladra. Él también está preocupado y pregunta si puede ayudarte, bromea. Fiorella expande los labios en busca de una sonrisa, pero estos tropiezan con su dolor y se quedan a mitad de camino.

La media sonrisa de Fiorella le da confianza a Roberto. Ya te hemos ayudado un poquito, dice. Y ríe de buena gana al mismo tiempo que acaricia la cabeza de su compañero. Esta vez ella sonríe abiertamente y observa al perro. Le toca el lomo y se encuentra con una piel que le recuerda a uno de los blazers de su padre. Se corre al extremo de la banca para que Roberto se acomode y le pregunta si su animal ha mordido a personas. Varias veces. Brusco ha pertenecido a la Policía canina y fue entrenado para atacar a delincuentes. En su legajo tiene varias acciones destacadas, evoca Roberto. Por edad fue dado de baja. Pero no parece viejo. Está viejo para la Policía; para mí está perfecto. La semana pasada aquí mismo atrapó a un ladrón que le robó el celular a una chica.

En ese instante, Fiorella vuelve a llorar. Roberto no la interrumpe. ¿Te han robado algo alguna vez? ¡Todos mis ahorros! ¡Todos! ¿Y sabes quién fue? Mi hermano.

Roberto empezó a frecuentar el parque una semana antes del encuentro con Fiorella, siempre acompañado de Brusco. Al vigilante le disgustaba su presencia porque, por momentos, Roberto soltaba al perro para que corriera libre y, un día, se olvidó de levantar la caca que Brusco depositó en el grass. Al día siguiente, cuando el hombre lo increpó por la omisión, Roberto se defendió restregándole todas las leyes sobre las libertades y el buen trato a los animales.

Pese a su aflicción por el dinero perdido, Fiorella disfruta de la compañía de Roberto y valora su esfuerzo por hacerla reír. Se nota que el joven va al gimnasio. No, yo hago ejercicio en casa. Tengo unas máquinas que me regalaron unos tíos. También le parece un tipo instruido, culto. Le habla de películas, series y libros para nada tontos. Al contrario, son obras que conmueven, interpelan y hacen pensar. También le cita las leyes que sirven para castigar el hurto. Ojo, lo que te ha pasado a ti no es robo, sino hurto. Y hasta le refiere el hallazgo de un psicólogo de una universidad de Estados Unidos: en un primer encuentro, los desconocidos mienten entre dos y tres veces durante los diez minutos iniciales de la interacción.

La voz de Roberto es música para los oídos de Fiorella. De súbito, ella recuerda la conversación que sostuvo, apenas dos noches antes, con su amiga Pola respecto de si, en el amor, lo ideal es encontrar a una media naranja o a un polo opuesto. No termina de revivir por completo ese episodio porque Brusco ladra tan fuerte que silencia todos los sonidos adyacentes. ¡Algo va pasar!, dice Roberto exagerando. Fiorella lo mira asustada, se pone de pie y, en un acto reflejo, como si buscara protección, se frota el pecho. Brusco ladra más alto. ¡Algo va a suceder! ¿Escuchas? Por una de las esquinas del parque ingresa un sonido como de locomotora. Enseguida aparece un camión destartalado. El oído del perro es mil veces mejor que el del hombre, explica Roberto riéndose. Los perros pueden sentir antes que el humano cuando ocurre un terremoto. Sigue riendo Roberto y para salir del momento pregunta: ¿Qué películas de perros viste? Fiorella, sonrojada, se vuelve a sentar, ya sobrepuesta del susto. Minutos después, ella le propone: ¿Me ayudas a vengarme de mi hermano? 

Roberto acepta. Irá a casa de Fiorella donde está el hermano y, ayudado por Brusco, lo forzará a que le devuelva lo sustraído. 

Fiorella, de 22 años, vive con su hermano de 19 en el primer piso de un edificio de departamentos desde que su madre viajó a Estados Unidos. Los dos estudian en la universidad y viven de la pensión de su padre —de quien no habla— y del dinero que les envía su madre; pero Fiorella, cansada de depender de esas asignaciones, divide las clases de Arquitectura con un trabajo de medio turno. Lo que ahorró durante un año para visitar a su madre desapareció en manos de su hermano, que no puede escapar de la trampa de una droga novísima: las apuestas en línea. A la primera que gane te devuelvo todo y con intereses, le mintió al ser descubierto.

La casa está sola y desordenada. Fiorella y Roberto se sientan en la sala a esperar y dudan sobre si sería bueno sacar a Brusco a la calle. Hablan del cuadro principal de la casa: una obra de Pedro Azabache. Roberto recuerda que visitó una exposición del artista mochero en una sala limeña. Le cuenta a Fiorella que trabajó en casa de un abogado poseedor de una colección completa del ilustre costumbrista, pero que a esa pintura nunca la había visto.

Esperan algo menos de media hora. Fiorella enciende el televisor y va a su cuarto a alistarse: debe ir a la universidad. Señala una foto de su hermano colgada en la pared. Es él. Roberto asiente.

Minutos después, Fiorella sale maquillada y bien perfumada. Su hermano no ha llegado. Ni Roberto ni Brusco están. Tampoco el cuadro de Azabache.

 


UN RETAZO DEL EVANGELIO, por Víctor Lopez


Ilán, torpemente, llevará agua limpia en pequeños recipientes de arcilla para regar su naciente planta. “Se volverá más fuerte que tú”, dirá Amós, su padre, al observar el esmero de su unigénito. Ni el sol en flagrancia, irrebatible, obsesionado con su propia intensidad, será enemigo alturado para frenar el empeño horticultor del infante Ilán, quien ha preferido de entre todas las plantaciones del lugar al minúsculo árbol, del cual se habla que crecerá exuberante.

Un adolescente Ilán repartirá su tiempo entre sus quehaceres hogareños y el cuidado de su árbol. Aún no es robusto ni da señales de mayores cambios; pese a ello, Ilán lo mantendrá húmedo, abonará su tierra, le dará tal afecto que parecerá un hermano menor, aquel que nunca tuvo. Y desde la ventana de la casa, Betsabé y Amós alegrarán sus corazones contemplando el inquebrantable amor de su hijo por la naturaleza y le agradecerán a Yahvé por darles tal júbilo.

Serán años inclementes para los cultivos y los ganados. Muchas especies no tolerarán la elevada temperatura y sucumbirán. Ilán, joven y bronceado, seguirá regando su árbol predilecto. Tuvo un sueño en donde un serafín le sugería que le pusiera nombre a su planta; inmediatamente abandonó su pieza y corrió hacia el valle. “Árbol de la vida”, lo bautizó al comprobar que toda la vegetación aledaña se marchitaba excepto su adorada propiedad. Y creyó Ilán que aquello era voluntad de Yahvé.

Muerta Betsabé y estando Amós parcialmente ciego, Ilán asumirá todas las responsabilidades del hogar. Fornido, juicioso, virtuoso para las labores manuales, trabajará como ayudante en la casa del alfarero Levi y con las monedas que recibirá alimentará a su viejo padre y hará refacciones en su hogar. Por las noches se recostará en las faldas de su planta, El Árbol de la vida, y llorará mientras ora por el alma de su madre. Incluso en la plenitud del viento nocturno, el calor imperará; entonces serán lágrimas y sudores.

No conseguirá mujer que acompañe sus complicados días en cuidado de su agonizante padre; asumirá que también es designio del Señor enfrentar las viscitudes solo. “Es mi prueba de fe”, pensará convencido, nuevamente, bajo la débil sombra de su árbol. Los alrededores se tornarán más áridos y las aves de mal presagio volarán creando figuras circulares, lentamente irán poseyendo el firmamento del valle y los ancianos protegerán a sus hijos de presenciar aquel lúgubre espectáculo.

Levi, el alfarero, ha fallecido. La familia del difunto venderá la casa y enrumbará a Damasco. El valle se poblará de otros alfareros quienes ven con agrado el barro rojo, material fundamental para sus obras. Ilán ofrecerá sus servicios y su experiencia a los recién llegados pero será rechazado por todos; sin ingresos, le será imposible garantizarle el justo descanso a su moribundo padre. Cuando Amós concilie el sueño, Ilán se refugiará en su árbol y suplicará al Cielo por clemencia. Las torcidas ramas apenas serán agitadas por los vientos del norte y una sensación de miseria se extenderá por la superficie del lugar.

Jonatán, el hijo del artesano Samuel, y de quien se afirma que ve los tiempos próximos, le revelará a Ilán que ni bien pueda abandone el valle. El mozuelo asegura que es suelo maldito. Ilán divagará pensando en su suerte; solo su padre y su árbol lo aferran a estos lares. La temperatura ha descendido en los últimos años, mas es en vano: la flora y la fauna han desaparecido siendo reemplazadas por especímenes silvestres y deslucidos.

Se lamentará Ilán no haberse unido con mujer alguna. La soledad y la rutina lo han desgastado terriblemente; ha ejercido todos los oficios posibles para poder alimentarse y seguir manteniendo digno a su anciano padre Amós. El nonagenario se resistirá a dar el suspiro final, lo cual significa que Ilán no podrá abandonar el valle todavía.

Amós, ciego y acostado, llamará a Ilán, su único descendiente, para que lo acompañe en sus momentos últimos. El anciano lo sabe: es oportuno descansar.

El día de Ilán será retorcido, digno de un gran libro de oscuras fábulas.

Sosteniendo las manos de su padre y arrodillado a un lado de la cama, Ilán quedará dormido en el regazo de su progenitor. Lento reposo sin sueños ni imágenes. Despertará abruptamente al percibir el silencio definitivo del ciego Amós. Lo llorará y se rasgará las vestiduras, gritará desde la cólera, desde el dolor propio de la pérdida de un padre; besará las manos del occiso aún sin cesar sus clamados. Huirá de la casa y correrá hacia su refugio, costumbre que ha repetido desde la maravillosa infancia.

Pero allí, en una de las ramas de su refugio, el cadáver de un hombre será balanceado. La cuerda se moverá como un melódico compás ejecutado por el aire. El ahorcado no hará otra cosa más que ir de lado a lado, profanando así la pureza de aquel santuario vegetal. No podrá en aquel mediodía de enrarecido sol hablar con Yahvé, pues su lugar de oración ha sido contaminado. El alma de su padre deberá esperar.

Será un arrebato sustanciado por la tardía libertad, la desesperación y la tristeza. Sin nada que lo siga uniendo a aquel valle, Ilán tomará sus pertenencias más valiosas y abandonará por fin aquellos territorios. Más allá de los confines de estas tierras de seguro habrá alegría y regocijo.

Entonces dejará a su padre sin la debida sepultura, así como a aquel cuerpo que prosigue su danza fúnebre en la rama del inservible refugio, el Árbol de la vida.

Se alejará cabizbajo, ningún vecino lo despedirá. Todos ellos han madrugado; han partido hacia el Pretorio para presenciar el juicio del tal Jesús, otro profeta que asegura ser el hijo enviado de Yahvé.

 


LA MUERTE VIENE EN EXCLUSIVA, por Gustavo Rojas 


Cinco días nos tardó rastrear, en los archivos, más información sobre María Camila Bering Méndez. Ella era la única mujer nacida en el Perú que había sobrevivido al Holocausto. Ameritaba una entrevista para conocer su testimonio, al cumplirse, el próximo miércoles, 65 años de finalizada la Segunda Guerra Mundial.

María Camila vive, a sus 83 años, en su casa de San Antonio solo con la atención de su empleada. Luego de que sus padres y hermano murieron incinerados, ella permaneció refugiada en Holanda, país de origen de su padre. Él traficaba algodón de Sudamérica a Europa para abastecer a las principales empresas textiles.

La sobreviviente del Holocausto heredó bienes de los Bering Méndez que le sirvieron para afincarse en Europa junto a su esposo, Edward. En el Viejo Continente nacieron sus hijos, y luego sus nietos. Uno de ellos tiene 18 años, la misma edad de ella cuando fue apresada por los nazis.

El reportaje de La Nación de 1968 informa que, por auxilio humanitario, María Camila pisó ese año suelo peruano, territorio donde habían nacido. Desde este país continuaba exportando algodón al extranjero. Pero su empresa familiar fue confiscaba cuatro años después porque los contratos se firmaban a nombre de Edward Golden, un apellido muy extranjero para el presidente de entonces, un muy militar y chauvinista recalcitrante.

Ahora, yo estaba frente a la vieja Bering, priorizando su monumental testimonio sobre una época trascendental para la humanidad. Después de que se publique esta entrevista, el Consejo de Cultura la declararía Excelentísima Patrimonio Histórico.

Me mordía el corazón, las manos me sudaban, tenía ansiedad de que cuente todo, que hable más rápido, que vaya de frente a la declaración por la que he venido. «No, no se preocupe. Es muy amable, pero ya he venido comiendo, siga declarando», le respondí cuando me ofreció unos pastelillos.

Ella recordó que se escapó de su muerte segura, junto con otros dos muchachos, cuando viajaba al campo de exterminio. Pasaron tres días en el bosque sin alimentos. No me escandalicé de su desgracia, lo sabía todo por los periódicos. Le recordé que sus acompañantes murieron a balazos durante la huida. «Ay, no te creo, jovencito. ¿Es cierto lo que me estás diciendo?». Pensé que ella sabía el desenlace de sus compañeros. Me sorprendí por su reacción al tiempo que su rostro cambiaba por completo. María Camila trataba demostrarme las marcas de prisionera cuando un súbito infarto la adormeció. Desde su asiento recibía todo el espectro solar de la ventana. Su cuerpo era como la de una lagartija que convulsionaba sin decirnos adiós.

Empecé a balbucear. En mi desesperación, acaricié su corazón. «Dale respiración boca a boca», sugirió el fotógrafo. María Camila estaba inmóvil. Le puse mis dedos entre sus labios y le empecé a exhalar su pecho. Era como inflar un globo. Estaba perdido al no verla reaccionar. Esto nunca se había dictado en una clase de periodismo.

Jamás imaginé contemplar su inesperada muerte. ¿Cómo huir de este holocausto emocional?

—¿Y si la dejamos sin dejar rastros? —preguntó Javier, el fotógrafo. Dudé. Sentí culpa, mucha culpa.

—¿Cómo vamos a revelar, entonces, el testimonio de María Bering?

—Escribes que fue una entrevista realizada hace pocos años. Puedo tomarle fotos a este álbum antiguo y ya no publicamos las que acabo de tomarle... Vamos, se hace tarde.

—No —le repliqué y tardé varios minutos para decidirme en realizar una llamada.

Javier estaba desesperado. De su frente brotaba tanto sudor que caía sobre su cámara.

—¿Aló, comandante? Nos dicen que en la tercera calle Buenavista de San Antonio hay una persona que al parecer estaría muerta. Usted, ya sabe... los vecinos nos han llamado, jefe.

—Perfecto, Sergio. Tú siempre ganándonos con los muertos. Ya mandaré a mi gente por ahí.

Guardé el teléfono celular y le pedí a Javier que se lleve la foto antigua que tenía en sus manos.

“Tú siempre tienes la razón, amigo. Vámonos”.

—No, espera. La he besado. El peritaje puede descubrir los rastros de mi saliva y mis huellas. Mejor hay que quedarnos y lo contamos todo.

—Tú, estás loco. Cómo te vas a responsabilizar por eso. Ella murió así. Vámonos. No hay ningún vecino y la camioneta está esperándonos.

—¿Por qué actúas como un criminal? —lo increpé, pero ya se había ido.

Soy un miserable. Debo aceptar todo lo que acaba de pasar. Ya estaban pasando tres minutos desde que me había quedado solo con la vieja Bering.

Pensé en la posibilidad de que esa mujer podía ser mi abuela y no debía abandonarla. Pensé en el repudio de la prensa al tergiversar este hecho y, sobre todo, en los colegas cínicos que vendrían a derrumbar mis ocho años dedicados a este oficio. Mi vida dependiendo de las críticas. Mi vida acorralada por hacerme responsable de esta desgracia.

«¡Qué, por Dios! Qué puedo hacer», pensaba rendido.

Saqué mis cigarrillos de su paquete, los puse en su boca. Los encendí de dos en dos. No era consciente de que la sobreviviente del Holocausto iba a morir con los labios quemados, para que se oculten las huellas de mis labios. Rompí en lágrimas. Estaba débil y me temblaban las manos... Estaba mareado. La puerta acababa de abrirse.

—¿Sergio? Todavía sigues aquí. ¡Por Dios, qué le estás haciendo!

Volteé y la empleada acababa de gritar mi nombre, pero esta vez con temor. Detrás de ella, el médico legista se disponía a abrir su maletín y dos colegas de prensa ya me habían disparado sus flashes sin saber que era yo el rostro de su portada de mañana.

 


MATAPERROS, por Alfieri Díaz


Si me inicié en el tráfico de orates fue porque el de perros no otorgaba los réditos de antes. Quien me metió al negocio fue mi amigo Chamorrín. En ese entonces llevaba ya dos años de egresado y no tenía cómo recursearme. Fuera de techo y comida, mi familia me había cortado toda subvención y la calle estaba dura.

Aupado en su pickup, una vieja Datsun con la que repartía leche cuando sus padres tenían establo, recorríamos la ciudad con los ojos alertas al paso de los perros. El negocio era estacionario, pero dejaba buenos dividendos. Se iniciaba en agosto y se prolongaba durante septiembre y octubre. A veces, la ganancia podía durar hasta fin de año.

El primer cliente al que le vendimos perros fue un chihuahueño obeso que nos atendió mientras bebía un tequila de dudosa calidad. "Veinte soles por perro", tasaba Chamorrín, estudiante de Farmacia y canchero en estos menesteres. "Pos no, güey, estos pinches perros son puro hueso y pellejo, y sarnosos encima". "Así son pe' los perros peruanos –alegaba el vendedor– deformes por haberse cruzado tanto". De tanto tira y afloja, se quedaba finalmente en quince soles por can, más un puñado de entradas de cortesía.

Por esos años arribaban a Trujillo unos diez o doce circos en promedio. Todos con tigres, leones y otras fieras carnívoras. Los administradores no tenían ningún reparo en adquirir la carne que mejor se ajustase a sus bolsillos. Carne de perro callejero, sin nombre y sin dueño. Podíamos dar caza hasta a noventa perros recorriendo las urbanizaciones y pueblos jóvenes. Prácticamente, limpiábamos la ciudad de quiltros y se hacía necesaria una veda para que las calles se volvieran a poblar.

Hubo un año en que no encontramos perros por ninguna parte. Por más que buscamos por los asentamientos humanos no nos dimos abasto para cubrir la demanda, por lo que a Chamorrín no se le ocurrió mejor idea que echarle guante a los perros de buena crianza.

Ese invierno levantamos en la camioneta a pastores, dálmatas, afganos, rottweillers, huskies y siberianos. Quienes nos dieron más problemas fueron los perros de origen asiático: los shih tzu y pekineses, que rematábamos por cinco soles. Yo no le di crédito a mi compañero cuando me advirtió que los perros orientales son neurasténicos. Un chow chow que cogimos en el parque grande de California me clavó los colmillos y casi me destroza la mano. Conservo aún en la palma las hondas cicatrices como recuerdo de las catorce ampollas antirrábicas que me inflamaron las nalgas.

Apenas recuperado, volvimos a las andadas. Pero no había perros y los clientes se quejaban. Tuve entonces que hacer de tripas corazón y sacrificar a Kill y Breno, los dobermann que cuidaban la casa hacía siete años y pusieron de duelo a mis padres y hermanos. Una lástima, pero chamba es chamba.

Ante esta eventualidad, Chamorrín tuvo la peregrina idea de criar perros en su casa. "No vaya a ser que el próximo año nos vuelva a coger con los pantalones abajo", me advirtió. Echamos pluma: criar una centena de cachorros alimentándolos con papa y sobras de tanta pollería clandestina que hay en Trujillo no salía a cuenta. Testarudo, Chamorrín probó con cinco cachorritos callejeros; pero al percatarse de que el asunto no iba a ser tan rentable como pensaba no tuvo más remedio que soltarlos y rogar porque dentro de unos meses volvieran a caer en sus manos para recuperar algo de lo invertido.

Año tras año, la situación del país se estabilizaba y nuestro negocio parecía destinado al fracaso. Todo a causa del cambiante gusto trujillano, cada vez menos afecto a los espectáculos circenses. De la decena de circos que solía visitarnos en una temporada, el número descendió dramáticamente a cinco, luego a cuatro y, finalmente, el último año en que nos dedicamos al negocio, a solamente uno; el de los empresarios mexicanos que nunca faltaba.

Al llegar con la pickup cargada con cuatro perros para que el cliente los vaya tasando, nos dimos con la sorpresa de que el gordito chihuahueño ya no estaba al frente de la administración del circo. En su lugar, nos enfrentamos con una mujer robusta, de apellido italiano, quien nos atendió de mala manera. "¿Alimentar a mis animales con carne de perro?, ¡qué crimen espantoso!", exclamó, amenazándonos con llamar al hombre forzudo para que nos endilgara una soberana paliza. Agregó luego que ella era vegetariana y que, desde que asumió las riendas del circo, había sometido a todos los animales a un régimen de alimentos envasados, ricos en proteínas y carbohidratos. "Señora, usted está yendo contra la naturaleza de esos animales", intentó disuadirla Chamorrín. "¡Son carnívoros, necesitan carne!". Pero no había modo de llevar la transacción a buen puerto. Ese día, el negocio fue declarado oficialmente muerto. "Ofrezcamos los perros a un camal o a una fábrica clandestina de embutidos", dije, sin demasiada convicción. "No, es tiempo de cambiar de rubro" propuso mi amigo. Acto seguido, me informó sobre su nuevo proyecto: el tráfico de locos callejeros.

La idea no dejó de sorprenderme. "¿Quién podría estar interesado en ellos?", inquirí. Y él, sacando a manera de pista su viejo carnet universitario, me explicó que los potenciales clientes no tenían interés en comprar los vivos; sino, más bien, muertos.

Cuando levantamos al primer loco de la calle yo todavía no estaba muy convencido. Lo llevamos a casa de Chamorrín y le servimos su última cena. Antes de que pudiera espabilarse, con una inyección le inoculamos una mezcla de tiopental sódico, bromuro de pancuronio y cloruro de potasio. Los pobres podían patalear un rato; pero minutos más, minutos menos, ahí se quedaban, tendidos en el piso. Luego de refregarles el cuerpo con Ace y pulitón los teníamos listos y desnudos para los clientes; quienes, como gallinazos, daban vueltas en sus automóviles alrededor de la manzana, esperando nuestra llamada.

El negocio, por tres largos años, fue bastante rentable y arrojó muy buenos dividendos. Mi vida cambió radicalmente. Saqué una tarjeta dorada, compré un Toyota Yaris, dejé la casa de mis padres y me instalé en mi propio departamento. Tuve buena ropa, viajes, mujeres, todo un estilo de vida que nunca creí disfrutar. Cuando barrimos con todos los locos, tuvimos que recurrir a los indigentes y vagabundos. A veces los buscábamos en Chiclayo, Chimbote, Lima y otras ciudades.

Con la carestía de insumos, los precios se dispararon y había clientes que podían pagar hasta cinco mil dólares por cadáver. Un reconocido médico, propietario de una clínica privada, me contactó y ofreció pagarme ocho mil dólares si le conseguía un cuerpo para las prácticas de su menor hijo. Endeudado como me encontraba, no dudé en hacer posible este último encargo, sin tomar las precauciones del caso, ya que llegó la Policía y me atrapó en flagrante delito.

El juicio fue todo un escándalo de opinión pública y me condenaron a cadena perpetua. Mi abogado, sin embargo, asegura que por buen comportamiento quizá me suelten en veinte años. Ahora me dedico a la elaboración de cadenitas y pulseras con las chaquiras que una de mis hermanas me consigue de Chulucanas. Mi otra hermana, la que vive en Alemania, se encarga de comerciarlas y el negocio está generando buenos dividendos. Manos no me faltan para dedicarme a tiempo completo.

A veces pienso que debo agradecer a los vecinos por estar atentos a los alaridos de Chamorrín, rogándome que no cumpliera con ese último pedido.


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