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Por: Redacción La Industria

PLAN B

Publicada el 04/04/2020 - 02:17 PM

Cuentos liberteños: seis textos breves para que aproveches a leer durante la cuarentena


Publicamos seis textos literarios escritos por autores del norte peruano para que te puedan acompañar en tu aislamiento domiciliario.

EL ENCARGO, por Luis Cabrera Vigo


Quiero hablarte de este órgano que late obstinado en mi pecho. Sí, de mi corazón. Bien sabes que te amo, miles de veces te lo he dicho: frente al mar, en las calles desoladas, sobre la arena misma que tapará un día nuestros huesos. Lo que no imaginas es de dónde viene este ardor incontenible. ¿Por qué este hombre que nunca quiso a nadie de pronto dice amarte? La explicación es muy sencilla: ahora tengo un corazón. Y sabido es que los hombres aman con el corazón.

La primera vez que te vi aún no lo tenía. Durante 25 años erré por el mundo sin corazón, con un hueco enorme afeando mi pecho. Allí solía guardar las novelas de Carver, las cajetillas de cigarros, algún boleto de autobús o mis más inquietantes deseos nocturnos. Nunca extrañé la caliente víscera que ostentaban los demás mortales. Yo era feliz así, con ese agujero negro devorando mis sentimientos. 

Tampoco supe si me lo robaron (soy un descuidado) o nací sin él. Cuando por fin descubrí su ausencia, descubrí también que, de seguir las cosas como hasta ahora, iba directo a convertirme en una cáscara; en un hombre sin pulpa y sin pepa. Por eso me aboqué desesperadamente a la búsqueda de un corazón que cambiara mi destino.

Lo encontré en el mercado. Mi corazón estaba allí, a la vista de todos, atravesado por un gancho de carnicero. El dueño del establecimiento parecía no darse cuenta de lo que estaba ofreciendo. Yo, por mi parte, me sentía muy nervioso. La verdad es que no sabía cómo iniciar la transacción. Nunca antes había comprado un corazón. ¡Ni siquiera tenía idea de cuál era su precio! Después de regatear largo rato con una de sus clientas, el rollizo dispensador se dignó por fin en mirarme.

  ―¿A cuánto el corazón? ―pregunté.

  ―A 20 el kilo ―me dijo―. ¿Se lo corto en trozos para la parrilla?

  ―¡No! ―respondí espantado―. Démelo entero nomás. ¿Cuánto pesa?

  ―A ver ―dijo, desenganchándolo con rudeza―: Kilo un cuarto… Está bueno. ¿Lo quiere para anticuchos?

  ―No, no... ―repetí, fastidiado―. ¿Cuánto es?  

  ―25 soles. 

  ―Tenga, me lo llevo.

Sin mayor ceremonia, aquel rústico individuo metió mi corazón en una bolsa de plástico y me lo entregó. Llegué a casa, lo lavé entusiasmado con agua de grifo y lo acomodé en el espacio que le tenía reservado. De inmediato tomó posesión de mi cuerpo. Al comienzo me obligó a respirar lento y profundo (podía sentir perfectamente cómo el aire entraba por sus arterias). Por un instante me pareció que la sangre lo iba a inundar. Luego, todo se fue tranquilizando hasta volver a la normalidad. Ahora late a un ritmo armónico y no me da problemas.

En ocasiones, solo por distraerme, lo extraigo de mi pecho y lo observo; como ahora que te escribo.

Mi corazón me mira desde el plato mientras trazo estos apuntes en el ordenador. ¡Si lo vieras latir! ¡Cómo se infla cuando pienso en ti! Parece un gatito, solo le falta ronronear. No puedo quejarme. Únicamente temo por él durante los ajetreos del trabajo. Me asalta el temor de que se me caiga por el camino y no lo vuelva a ver más. O que gente apurada lo pise u otro mortal sin corazón lo encuentre.

Me he encariñado tanto con este corazón. Mis sentidos han adquirido sabiduría con su presencia y el mundo que me rodea tiene un poco más de sentido desde que lo tengo conmigo. No sé qué haría sin él.

Con este corazón aprendí a quererte, a estremecerme. Por eso fue distinto volverte a ver aquella primera mañana en que me levanté con mi recién instalado corazón y tocaste el timbre del cuarto. Supe entonces por qué tantos poetas le han cantado a lo largo del tiempo. Sin este corazón no hubiera temblado ante tu presencia. No hubiera celebrado tus gracias. 

Recuerdo que entraste a la habitación (el polo blanco, los ojos vivos, los labios tiernos…) y fue mi corazón el que te recibió. Tenía unos deseos enormes de confesártelo en ese momento, pero me contuve. Necesitaba saber hasta dónde llegaría con esto que tengo en el pecho. 

Ya no hicimos la tarea. Te sentaste al borde de la cama, te tomé las manos y me arrodillé. Te besé con impericia. Sin saber. Adivinando casi el camino a tus labios. Era el corazón el que me dictaba las órdenes. Tu asombro dio paso al gusto de enlazarnos. Si avanzaba, estaban ahí los latidos; si me detenía, habría un silencio sobrevolando nuestros cuerpos.

Debo confesarte que solo una vez quise deshacerme de mi palpitante inquilino. Habían pasado algunos meses. Yo estaba a gusto con lo que sentía y tú lo entendías. Pero hubo un día en que me prohibiste la entrada a tus labios. Me negaste tu sombra. Algo te había pasado y repetías que estabas muerta, que los dos no existíamos. Traté de entenderlo, mas mi corazón no se resignaba. Quería huir de mí. 

Esa noche llegué a mi cuarto, furioso; me abrí el pecho y arrojé mi corazón contra el piso. Sentía deseos de aplastarlo. El pobre había perdido sangre, no tenía brillo y estaba lejos de ser el órgano vivaz y risueño que alguna vez conociste. Me daba una inmensa pena lo que iba a hacer, pero estaba decidido. Entonces, minutos antes de cometer el crimen, apareciste tú para salvarme. Mi corazón doliente estaba ahora en una bolsa negra, listo para ser arrojado a la basura. Sin que te dieras cuenta fui al baño y me lo coloqué. El resto de la historia ya la conoces. Mi corazón ha recobrado su color, lo he descubierto radiante de alegría, con ganas de saltar fuera del espacio que ocupa en mi pecho.

Alguna vez, recuerdo, te lo hice oír. Escuchaste muy atenta sus latidos. Pero no podías imaginar el origen de este motor que te canta. Espero que no lo encuentres censurable ahora. 

Por eso te advierto que no te asustes cuando abras la caja que te ha llegado con este sobre. Como te comenté, debo hacer un viaje fuera de la ciudad y, dado que carezco de seguro, no encontré mejor idea que encargártelo para que lo cuides mientras dura mi ausencia. 

Sé que comprenderás. 

No sabes cuánto te lo agradezco. Tuyo afectuosamente, L.

P.D. No olvides lavarlo todos los días. Ah, y alguna caricia…


GASPAR, por Elmer López


NO SABE CUÁNDO ni cómo le surgió la manía de golpear los nudillos contra la pared mientras camina. Desde hace dos meses lo hace pero con el llavero que porta entre los dedos, camino al estudio de abogados en donde lo han tomado como conserje, una de cuyas tareas es la de abrir las oficinas bien temprano. 

Esta mañana no es la excepción. Va como cada mañana, a las siete, de lunes a viernes, acompañado del tintineo que produce el manojo de llaves sobre las paredes. Pero algo le ocurre y rompe la monotonía. Golpeando las rejas del Banco Agrario —cuarta cuadra de Pizarro, una antes del estudio— el llavero se le ha soltado de la mano y ha ido a dar dentro, justo por la rendija que hay en el ventanal y por la que carteros y canillitas lanzan sobres, diarios y revistas.

Armarse de toda calma es lo más aconsejable, antes de tomar cualquier medida. Así lo piensa. Y con mucha tranquilidad, lo primero que hace es tratar de coger el llavero con el alambre que se ha conseguido y cuya punta ha arqueado a manera de anzuelo. Trata una y varias, muchas veces. El anzuelo no logra ensartar —pescar— la argolla del llavero. 

En seguida lo asalta la idea de que no alcanzará abrir el estudio a tiempo y los abogados Alcántara y Estrada se le vendrán encima porque no podrán tener los documentos para empezar sus labores. Sin embargo, con la quietud que suele conservar frente a sus dificultades, les pedirá serenidad a los doctores porque bastaría una escalera para acceder al vecino zaguán por donde entraría y abriría las oficinas en un dos por tres. Pero su sosiego es débil frente a la realidad: a estas horas de la mañana y en el centro de la ciudad, ¿quién podría prestarle una maldita escalera? Sacude con furia la reja. Maldice. Se maldice.

Recuerda una cita de Einstein: “No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos”, cosa que no entiende muy bien en estos momentos, pero sí el dicho de los abuelos: “Al toro, por las astas”. ¿Qué va a hacer? Muy simple: Romper la luna (ya tiene la piedra en la mano), para tener más espacio y coger el llavero con el alambrón y el anzuelo esta vez perfeccionado. No ha olvidado que el estruendo activará la alarma. Solo necesitará un par de minutos. La policía tardaría veinte.

Cierra los ojos, el puño derecho henchido de furia. Está seguro que esta vez el golpe va a ser más contundente, no le importa cuánto vaya a sonar. Tira con todas sus fuerzas a la vez que abre los ojos. Y se ve aún con la piedra en la mano, con el gesto del lanzamiento, pero dentro del banco, parado entre los sobres, diarios y revistas tirados sobre el piso, cerca de las ventanillas de pago, sillas corredizas y maquinas sumadoras. El cuerpo se le desvanece. 

¿Qué ha sucedido? No lo entiende, y es presa de la desesperación. Solo atina a gritar, aún más cuando ve pasar a alguien: “¡Sáquenme de acá!”;  lo hace hasta desgañitarse. Una mujer se detiene y lo mira, él sonríe. Cuando decide explicarle su situación, la mujer le hace el gesto del loco, sacándole la lengua y entornillándose las sienes, y se aleja riéndose. Una muchacha se detiene a verlo, al menos eso parece; se detiene ante el cristal, empieza a retocarse el cabello y solo se alza de hombros. Antes de irse coge el manojo de llaves que está al borde de la vereda. ¿El llavero? ¿No que estaba dentro? ¡Maldita sea! ¡¿Qué más mal puede esperar?! 

De golpe, se siente arruinado, por los suelos. Encerrado como está ahora, siente caérsele el mundo encima. Empezando por los abogados, que encontrarían cerrada la puerta del estudio. Tendrían todo el tiempo para írsele contra el irresponsable del conserje: la hora en que contrataron a ese infeliz… Después de que él ha sido puntual y responsable con sus tareas desde el primer día. La calma, esa bendita calma que le acude siempre, le hace recordar que a las nueve el gerente vendrá a abrir el banco. Saldría, les explicaría a los abogados la razón de su tardanza. Pero de qué le valdría tanta explicación sin las llaves. Ya no le importa saber si lo despedirían. Necesita mucha calma. Solo queda la espera. El gerente no tardaría.

Es así. No le cabe duda, el hombre de saco y corbata que acaba de bajar del taxi es su salvador. Se pone a un rincón a pensar en qué le dirá para justificar su presencia dentro del banco. No vaya a pensar que es un asaltante. Los vigilantes toman sus puestos. Ve venir al gerente. “Déjeme explicarle…” empieza a decirle. El hombre sigue de largo. “Qué diantre, saldré pues”, se dice.  “¡Que conste que traté de ponerme en regla, eh!”, grita dirigiéndose al de saco y corbata. 

Llega a la puerta de salida. La mano no logra coger el manubrio. Lo intenta repetidas veces: su mano, como una sombra, no consigue empuñar nada. En realidad –ahora se da cuenta- él es una sombra, el reflejo de su ser. ¿Se ha convertido en un fantasma? Le acomete el pavor. Va de un lado a otro, con pasitos desesperados. Una viejecita, salida de quién sabe dónde, con antiguo vestido blanco y tan largo que le llega a los zapatos, se le ha acercado. 

—¿Qué le ocurre? —pregunta ella. 

—No puedo abrir la puerta, deseo salir —explica él. 

—Yo vivo aquí desde hace mucho y sé lo mal educados que son en estos tiempos…Si usted quiere salir, solo hágalo. Por ejemplo, yo no necesito de nadie para hacerlo. Vea.

Da media vuelta y sale atravesando las gruesas lunas de la puerta.

Él no sabe qué pensar o hacer. Se calma: quizá sea un sueño. Entonces recuerda aquello de pellizcarse para comprobarlo. Pero sus dedos no llegan a coger nada: atraviesan su antebrazo, su cuerpo.


LO QUE SEA, por Gonzalo Del Rosario


Durante el verano jugábamos partido en la calle hasta la medianoche y a veces más cuando era una “final”. Ahora tengo ambas rodillas con enormes costras gracias al juego brusco y mi inutilidad con el balón. Me acabo de resbalar en la pista por intentar pararla en el aire a lo Dennis Bergkamp contra Argentina, en Marsella, durante los cuartos de final de Francia 98, pero no me duele nada hasta que la adrenalina se vuelve picor con mi sangre coagulada recibiendo ese -¡juega mierda que es con apuesta!- sinónimo de mi trunca retirada a la espera que alguno la metiera entre la pared y el poste de luz: nuestro arco de barrio, y su equipo se llevara los céntimos del premio. 

Así como en el estadio Mansiche, la tribuna occidente era la más bacán no solo por la sombra al atardecer sino porque ofrecía los jardines de las casas den frente para sentarse. En cambio, oriente se dividía en dos secciones: a la izquierda la del pueblo, que era un terreno baldío protegido por un alto muro de adobe con unos huecos por donde trepaba el Franchis, el Marco o su hermano a sacar la pelota -¡Ese choro!-, -¡métanle chungas!- gritábamos a quien se parara encima de la pared; y la sección VIP a la derecha, la casa más grande y pituca del barrio…

-En los ochentas vivían allí narcos-, -dicen que hubo tiroteos cuando los intervino la policía-, -¿murió alguien?-, -no sé, pero se mudaron y ahora hace años que para vacía-, -solo el Julián que se la pasa durmiendo-, -¿y ese?-, -es el vigilante que cuida la jato, supongo que sigue siendo propiedad desos nachos- 

Acá era más fácil trepar para sacar la pelota ya que no iba más allá del jardín exterior separado de la calle por un enrejado en cuya parte de la cochera resaltaba ese hueco sin púas por donde pasaba cualquiera: el Pelao, el Papacho, el Gilmer o su hermano y -¡chungas!- la lluvia de piedritas no se hacía esperar.

Si no las veo no me arden tanto las rodillas porque creo que ya se secaron, toy cansado… con sueño, ahh, sigue ardiendo… una niña en la ventana… cómo arde… ¿qué hace esa niña en la ventana…? Uy, ya se ganó, mestá mirando. Mejor volteo… ¿será mi imaginación…? El sueño… Naa, sigue allí… -oe tío…-, -¿qué chucha quieres?-, -mira esteee-, -¡habla!-, ¡oe juega mierda!-, -¡mira!- le hice perder el balón, Darío lucía furioso porque hacía rato que no marcaba a nadie -¡despierta huevón!-

Cuando fueron tras la lota que se había perdido entre las casas de la tribuna occidente aproveché para repetirles que miraran esa ventana de la zona vip de oriente. Me negaba a voltear porque ahí sentía su presencia -¡mirar qué, huevón!-, -oe juega bien, carajo-, -pero ¿es que no ven?-, -¿ver qué? No hay nada oe, ¡juega!-, -¡pero cómo! ¡Si hay una niña ahí en la ventana!-, -yo no veo nada-, -¿y tú?-, -ya está delirando este chibolo…-, -es que ha perdido demasiada sangre ¡ah, me muero!-, -oe nadie se quita hasta que acabe el partido, ah-

Más tranquilo al comprobar que quizá sí era solo un delirio de cansado, volteé mi rostro y allí continuaba la niña entre las dos cortinas con las que ahora se ha tapado y muestra solo su cara para luego muy lento otra vez posarse de cuerpo entero en la ventana a observar el partido.

Ya para esto me concentré mejor en el juego y aunque me moría por salir embalado, de hacerlo, la gente pensaría que estaba rayado (ya lo sabían, pero ahora lo confirmarían) y además sería tildado de cobarde porque ¿cómo me podía dar miedo un fantasma? -¡y encima una niña! ¡No jodas pe, huevón!- 

De rato en rato volteaba de reojo y… permanecía impávida, de pie, muy atenta con sus ojos sin parpadear -ya fue, mejor no le hago caso- esto solo prueba algo… que hay vida después de la muerte, que podemos aparecernos como almas, y quizá solo quiera comunicarse conmigo, esta noche se me mostrará en sueños, y por qué seré yo el… -oe pasta, sí hay una chibola en la jato del Julián-, -puta qué miedo, tío, es cierto-, -bah, hace rato ta que sapea el partido-, -¡qué Burro! ¿Tú también la habías visto?-, -todos tío-, -no… yo no, yo recién-, -yo tampoco, ah-, -qué… y es un alma?-, -¡qué chucha vaser un alma, oe! ¡No seas imbécil! Debe ser la hija del guardián, o su sobrina-, -¡yaa vaos a jugar, mierda, que me enfrío!-

Franchiscoli anotó el gol que puso fin a las doce y treinta y cinco de la noche otro partido más de este verano en el centro de Trujillo a fines de los noventas del siglo XX; y allí seguía la niña mirándonos. Solo que ahora ya no le tenía tanto miedo (ni pensaba en mis rodillas purulentas) incluso creo que se entristeció cuando nos retiramos.

A la noche siguiente, no volvimos a tocar el tema hasta que tomando agua en el entretiempo el Pelao -oe te cuento pe, hoy a la hora del almuerzo nos encontramos en el Chifa con el Julián y le dijimos que por qué no la hacía jatear a su chibola, que qué mal padre era-, -¿cuál chibola?-, -tu hija pe que nos ha estado mirando por la ventana toda la noche-, -no sé de qué hablan muchachos, a ver si dejan de fumar pasta-, -y se quitó asado- nos quedamos en silencio y volteamos a ver esa gran ventana de la casa pituca, pero ya no había nada más que cortinas cerradas –oe… entonces… mejor… ¿no creen que deberíamos volver a jugar por las tardes? ¿O quizá dejarlo para mañana?-, -puta qué te vaser un fantasma, huevonazo-, -¡juega nomás mierda!- gritó la gente antes de apanarme y el Burro meterme un pelotazo en la cara.

A partir de entonces intento jugar de espaldas a la casa enrejada, pero es por las puras ya que nunca más hemos vuelto a ver ni saber nada de aquella niña de la ventana. 


CUCO, por Charlie Becerra


La cabeza del Cuco rebota en el asiento. Rebota como si la bala en vez de perforarlo lo hubiera transformado en un perro de juguete o un perro de trapo. Ya no voltea a buscarme más que con los ojos: los tiene perdidos hacia mí en un rincón de sus cuencas. El Cuco tiene miedo. Es el olor. Lo tienen las ratas que encuentra en la basura, infladas al doble de su tamaño, ya sin forma de rata, y que el Cuco mete a la casa. Mi mamá pegándole en el hocico («¡Perro mugroso este!»), empujando la rata con la punta de la escoba: el juego preferido del Cuco. El Cuco no entiende porqué, pero sabe que es el mismo olor el que ahora sale de su cuerpo.

—¡Ven recógelo! ¡Ven! —gritó el hombre.

Me quedé quieto: los dientes apretados esperando el segundo disparo, el que terminara con los aullidos sin aire del Cuco. Conté nueve o diez de sus pasos antes de salir de detrás del carro. El hombre se me quedó viendo. Estaba parado en la esquina. Ya parecía otra persona.

Me arrodillé junto al Cuco. Él me lamió la cara igual que cuando venía de jugar o cuando llegaba de madrugada después de haber estado en el callejón, atrás de la comisaría, cuando nos tenían horas haciendo ranas y después, para despedirnos, nos daban la mano, un apretón como para romperte los dedos, («¿Te duele? ¿No te duele? No te duele, ¿no, piraña?») Lo levanté y era como cargar una frazada mal doblada, escurriéndose por todos lados. Sentí la sangre correr por mis brazos, hasta los codos, una gota continua haciéndome cosquillas, la ropa pegándose a mi barriga: tres polos que ya no iba a usar nunca. Empecé a rezar y terminé pidiéndole perdón («Perdón, Cuquito, perdóname») y pidiéndole que aguantara.

El que maneja la mototaxi me avienta un trapo. Se queja de que su asiento está quedando una porquería. No me quiso llevar. Le prometí treinta soles si me sacaba hasta la avenida y de ahí a la posta («Saca la vuelta, tú no tienes treinta ni loco»). Le dije que mi hermano le iba a pagar allá, en su trabajo, él le iba a pagar. Aceptó. No tengo hermano. No sé si tengo. Lo único que tengo es este perro que silba y al que las encías se le van poniendo cada vez más blancas: la lengua del Cuco cuelga como manga de camisa. Me acerco hacia él («Perdón, Cuquito, es mi culpa, perdóname»). Le paso la mano por el cuello, me llevo su cabeza a la frente. Está desesperado: morirte sin saber que te estás muriendo, sin saber qué es morir. El Cuco nunca supo nada. Igual que con las ratas, también esto se le hacía juego.

El Cuco ladrando, bravo, corriendo hacia el de la mochila, hacia la señora con bolsas de mercado, hacia la chica que va sola. El Cuco brincándoles encima, ladrándoles en la cara, salpicándolos de espuma, mientras yo iba a meter mano. Celular, billetera, reloj, a veces comida, y a correr. Silbar con los dedos en la boca y escuchar al Cuco regresar a toda velocidad detrás de mí: rasgando el suelo, como si asentara nada más que las uñas. Brincando, corriendo, ladrando, el Cuco no dejaba nunca de mover la cola, feliz. Sabiendo que al final, a la vuelta de la esquina, yo lo esperaba para abrazarlo, rascarle las orejas, para ponerle un chupetín entre las patas cruzadas. El Cuco dándole de lengüetazos mientras yo me sacaba el primer o el segundo polo. El Cuco es un niño que no puede entender por qué le pasa lo que le pasa y por qué yo no hago nada.

Ya casi se ve el final de la bajada, los baches nos sacuden a los dos: no voy a dejar de abrazarlo. Su cuerpo ya no es blando como hace un rato. Su piel se estira como si varias manos la estuvieran jalando. Tensión y temblores entre los ojos, los bigotes, el parte gruesa de la pata, ahí donde nace su cola («¡Tu perro me lo está fregando todo! ¡Más de treinta me tienes que pagar!»). Los cables dentro del Cuco están echando chispas, haciendo corto circuito. Busco el hueco con los dedos, el lugar donde le pegó la bala. Está justo bajo las costillas: la bala lo detuvo en el aire, cuando acababa de despegar las cuatro patas del suelo. Este no es el pelo del Cuco. Es duro, hinca, parece un cepillo. No puedo dejar de tocar el círculo: es el único lugar en el que todavía hay un poco de calor. La punta de mi dedo es suficiente para taparlo. Lo es ahora que no hay tanta sangre, sangre que siga empujando la sangre fuera de su cuerpo («¡Fuera de acá, fuera, bájate! ¡Mira la porquería que tú y tu perro me han dejado! ¡Fuera!»).

El Cuco y yo caemos a tierra. El polvo se levanta cuando la mototaxi arranca. Sigo abrazado al Cuco, pero parece querer soltarse. Entonces me doy cuenta: son sus patas que se enduran, que se alargan como cuando se despierta y mi mamá se apura a remojarle los panes con huesos y caldo de ayer («Cuquito, ven, toma, ven»). El sonido de su plato de metal cuando mete el hocico. El Cuco come pan y huesos, nunca probó la sangre. No sabe qué es, pero sabe que ya no la tiene. El pecho se le hunde, sus costillas se le marcan. Crujen. Se vuelve pesado, pero no quiero soltarlo. Me acerco a su oreja («Perdóname, perdón…»). Le sigo hablando hasta que ya no puedo seguir aguantando el llanto. Hasta que el polvo desaparece y el Cuco no está.


HASTA LOS HUESOS, por Rubén Aguilar 


Luego de cruzar la puerta supe que no volvería a verla. 

Había sido una hermosa historia, pero no estaba dispuesto a seguir soportando sus caprichos, así que me dije: “¡No tienes por qué tolerar más humillaciones! ¡Ya basta!” Y salí a buscarla. Ella estaba en el gimnasio; reposando coqueta sobre los brazos del instructor. Avancé con sigilo hasta donde se hallaban. Solo he venido a terminar de una vez por todas contigo, le dije. Por un instante pareció sorprenderse. Luego, me regaló como despedida la más sarcástica de sus sonrisas. 

A los pocos días apareció muerta en la habitación que alquilaba. Yo me hice el desentendido con la noticia. Más aún cuando la policía vino a indagar si sabía yo algo. Obviamente estaban en busca de un responsable para el crimen, así que les dije que no; que no sabía nada y que la relación había terminado hace ya mucho. Tras un intenso interrogatorio, con preguntas reiterativas y citaciones a declarar, por fin me dejaron libre. 

Por esos días supe que la habían llevado a enterrar a su pueblo. Es cierto que era presumida, caprichosa, incluso cruel; pero es cierto también que no se puede luchar contra lo que uno siente; así que, cuando estaba próxima a conmemorarse su misa de mes, le pedí prestado a mi hermano el auto en el cual taxeaba y viajé a su pueblo solo por verla. 

El cementerio se hallaba construido sobre una huaca de origen prehispánico; lo cual, además de profano, me pareció morboso. Ya de noche me deslicé entre las dunas de arena hasta llegar a su tumba. De inmediato empecé a cavar con unas tablas que hallé por ahí tiradas. Mientras más cavaba, más ansioso me sentía. Cavaba como un desesperado, ajeno a las piedras que cortaban mis manos y quebraban mis uñas.

Por fin, apareció el cajón donde ella reposaba. Limpié delicadamente los últimos restos de polvo sobre la tapa de cedro mientras se oía a lo lejos el aullido de unos perros. Cuando terminé de limpiar el féretro, hice presión a modo de palanca sobre la tapa hasta conseguir abrirla. Allí estaba ella: preciosa, como siempre; la besé tiernamente en los labios y sentí su aliento tibio acariciando mi rostro. Enseguida la tomé por el talle y levanté su frágil cuerpo como si se tratase de una reina. 

Después de charlar un rato sobre lo que me había pasado durante esas poco más de cuatro semanas, la dejé recostada en el suelo. Empecé entonces a echar nuevamente tierra sobre el ataúd, teniendo mucho cuidado de dejar todo tal y como lo había encontrado. Una vez concluida mi tarea, le busqué los ojos. Ella sonreía alegre, mirándome con ternura. Preso de un impulso repentino, la abracé efusivamente y saqué de mi mochila un pantalón y una blusa que había olvidado en mi habitación la última noche que estuvimos juntos. De paso, le arranqué ese horrible vestido fúnebre que traía puesto. Ella colaboró conmigo en todo momento. Luego me dijo que me había extrañado. Sus palabras me emocionaron tanto que la besé con una fuerza extrema, al punto de lastimarle los labios. Luego la levanté nuevamente en mis brazos y partimos con rumbo a la ciudad. Eran casi las dos de la mañana y prácticamente no había tráfico.

Una vez en mi cuarto, la hice sentar en una silla: moría de ganas por poseerla. Ella, sin embargo, parecía no compartir mis deseos. Se le notaba más bien cansada por el viaje. Finalmente, opté por acostarla sobre mi cama y me dormí a su lado, agotado también por el trajín de la noche.

A la mañana siguiente no quiso levantarse. Me pidió por favor que la dejara tranquila, que se sentía muy cansada y no deseaba discutir conmigo. Accedí de mala manera. Después de un beso de rutina y casi nada en el estómago, me preparé para ir al trabajo. 

Cuando volví, ella seguía en la cama.  Su palidez para entonces era ya preocupante. Además, cercaban sus ojos unas ojeras tan hondas que bien podían pasar por abismos. Iba a decirle alístate rápido para ir al médico cuando, con una sonrisa muy bien estudiada, se acercó a mí y me hizo cambiar de planes. 

Esa noche volvimos a hacer el amor. Lo hicimos torpemente. Incluso, me parece, llegué a decirle que la sentía algo fría. Ella alegó que era producto de mi imaginación y continuó haciéndolo como si no hubiera dicho yo nada.

En el fondo, creo, tenía también la esperanza de que todo llegase a funcionar. Pero no fue así. Con el pasar de los días ella empezó a deprimirse. A menudo me reclamaba por dejarla sola tanto tiempo en el cuarto. Poco a poco la relación se volvió tirante. Ella solo deseaba estar echada en la cama y esto a mí me irritaba. No quería hacer ninguna labor ni acompañarme a ningún lado; así que, por esa parte, empezaron nuevamente los problemas. 

Creo que lo más prudente hubiera sido dejar las cosas ahí. Cortar por lo sano. Pero ya ven, no hay mal que por bien no venga o, como dice el dicho, pasada la tormenta viene la calma. Y es que, mientras más fuertes eran nuestras discusiones, más intensos empezaron a volverse también nuestros encuentros.

Justamente, una de esas noches, mientras hacíamos el amor con desenfreno, le mordí una oreja poco antes de eyacular. La experiencia fue tan excitante que no dejé de masticarla. Ella no me reclamó, por el contrario, se carcajeó con tanta fuerza que resulté asustado: nunca la había visto tan feliz. A partir de aquel encuentro me pidió que, cada vez que lo hiciéramos, le arrancase un pedazo de carne y me lo comiera. La miré con espanto. Ella me explicó que era una forma de estar más unidos, uno dentro del otro, me dijo, más juntos que nunca. No sé cómo, pero logró convencerme. Así que a la siguiente vez le mordí el cuello y mastiqué con dulzura su carne blanca mientras ella gemía de placer. 

Han pasado varios meses y el tiempo le ha dado la razón. Ahora ya no salgo del cuarto. Hace dos semanas renuncié al trabajo y… disfruto estar con ella a cada instante, aunque ahora solo queden unos cuantos jirones de su cuerpo: algunos huesos regados por el piso y los restos de lo que antes fue su muslo izquierdo. No sé cómo explicar la sensación que me invade. Me siento renacer a su lado. La siento recorriendo mi interior. Siento que ella aflora dentro mío, resurjo, soy otro, ahora veo la vida de manera diferente; tal como ella la veía, y me doy cuenta de que soy un miserable. Ahora, justo ahora que termino de tragar las últimas fibras de su cuerpo y reparo en que la gaseosa con veneno tendría que haber sido para mí.

            

EUSTAQUIO SANTOS, por Ricardo Vera Leyva


Sintió que se iba para siempre de este mundo y se asustó. Sus manos enjutas buscaron con desesperación, debajo de la almohada, el minúsculo frasco lleno de hierbas maceradas en agua florida. Nada. Vio entonces cómo la muerte, en forma de una efigie vaporosa, le sonreía desde el marco de la puerta. Trató de incorporarse, sin éxito: su cuerpo flácido se negó a obedecerle. Intentó gritar pidiendo ayuda, pero de su garganta reseca solo salió un hilito de voz que se perdió en la penumbra.  

Algunos meses antes, luego de un infarto que de puro milagro no lo mató, había tomado conciencia de su naturaleza finita. A sus ochenta y tres años, la carcoma del tiempo estaba haciendo estragos en su organismo. Con los achaques fue perdiendo el buen humor y la certeza de una improbable vida eterna. Empezó a tener, en cambio, la convicción de que no le quedaba mucho tiempo, de que la suya era una vida que se extinguía sin remedio.

—Si quieres seguir vivo, nunca descuides este amuleto. Es tu seguro de vida. ¡Recuérdalo! —le dijo la bruja a quien había ido a ver apenas se recuperó de su mal cardíaco—. El día en que te descuides, te vas.

La mujer clavó su mirada en el rostro asustado de Eustaquio y, enseguida, le entregó un frasco diminuto, que contenía un líquido amarillento. Le dio una palmadita en la espalda y le pidió que lo empuñara.

—Eso sí, cada vez que uno se escapa de la muerte, otro tiene que morir. Es la ley de la vida. O más bien, la ley de la muerte —agregó.  

 Noche tras noche, antes de dormir, Eustaquio se aseguraba de que el amuleto estuviera al alcance de la mano. Estaba convencido de que la muerte prefería las visitas nocturnas a los encuentros a plena luz del día. Muchos de sus familiares cercanos habían dejado de existir entre la medianoche y la incierta claridad de la madrugada, y eso alimentaba sus temores. Había que extremar las precauciones para permanecer del lado de los vivos.     

Y era de noche, en efecto, cuando sintió que se moría. Un nuevo intento por levantar la cabeza y buscar con los ojos el amuleto extraviado solo sirvió para que la cama crujiera y que la colcha cayera al piso. Su cuerpo se negaba a obedecerle. Sus párpados empezaron a cerrarse sin que él pudiera evitarlo. Los objetos de la habitación se convirtieron en siluetas difusas. Desde la entrada, la efigie lo seguía mirando y había empezado a acercarse.

A sus oídos llegó entonces un lejano rumor, una oleada de voces que Eustaquio reconoció como las de sus hijos. Seguramente estarían tomándose unos tragos en el patio de la casa. Podía escuchar sus risotadas y la algazara propia de una reunión festiva. Sin embargo, aunque trató de aguzar el oído, no entendió nada de lo que decían.

Ellos eran su tabla de salvación. Se recriminó mentalmente el que no se le hubiera ocurrido antes algo tan simple. Quería que vinieran, que lo ayudaran, que no lo dejaran solo a merced de esa intrusa que caminaba, paso a paso, hacia él mirándolo desde el fondo de sus cuencas vacías y sonriéndole con sus dientes de calavera. Eustaquio reunió todas sus fuerzas para llamarlos. Fue inútil. El único pedido de auxilio fue un sonido ininteligible que salió de su boca a duras penas. Comenzó a resignarse.

En ese momento, la desesperación fue cediendo paso a una calma que jamás había experimentado. Una vaharada tibia recorrió su cuerpo. Las risotadas de los hijos se confundían con el viento que entraba por la ventana. Poco después, la realidad se redujo al silencio absoluto, la levedad del ser y la boca abierta de un túnel luminoso.  

Una fuerza extraña lo arrastró hacia el vientre del túnel. Libre de las ataduras de su cuerpo envejecido, Eustaquio flotaba sin prisa, como un explorador deslumbrado por el descubrimiento de algo maravilloso. Una película de su existencia pasó rauda frente a sus ojos. En pocos segundos, las imágenes le permitieron viajar por los recuerdos más importantes de su vida: la voz agria de su padre, su primer amor, un matrimonio inolvidable, el nacimiento de sus hijos, la muerte del mayor de ellos, su elección como alcalde del pueblo, sus momentos de máxima alegría y las sombras inocuas de algunas desventuras. Su biografía condensada en una breve fracción de tiempo.

Eustaquio siguió su recorrido. El tránsito era sereno, sin sobresaltos. Una música suave lo acompañaba en el periplo. Si en eso consistía la muerte, cuántas personas de vida miserable se animarían a dar ese paso, que nadie quería dar, hacia esa dimensión desconocida. Por primera vez en muchos años supo lo que era la felicidad. Se dejó llevar como si fuera la hoja de un árbol con la que el viento juguetea. El viaje se prolongó un poco más. De pronto, una luz destellante atrajo su atención. Provenía del final del túnel. Sintió que estaba a punto de llegar ante la presencia de Dios o de una fuerza superior, cualquiera que fuese su nombre.

Y tuvo miedo. Miedo de no regresar. Miedo de no volver a verse a sí mismo, de perder la capacidad de percibirse. En ese instante decidió que no quería morir aún. Una energía inusitada lo atravesó de pies a cabeza.

—¡No! —gritó. Y su grito se estrelló contra los cristales de la ventana, hizo vibrar la puerta, se apagó entre las paredes de adobe.

Súbitamente, Eustaquio se irguió sobre la cama. Cuando abrió los ojos, la muerte todavía estaba allí, inmóvil y sentada a los pies del lecho. El hombre fingió ignorarla y se puso de pie. Dio dos o tres pasos vacilantes y avanzó apoyándose en la pared.

El amuleto estaba sobre la copa de su sombrero de palma. Allí había estado todo el tiempo, al alcance de la mano. Lo tomó con cuidado y lo aferró contra su pecho tan fuerte como pudo. Un aliento acre llenó la habitación. La efigie atravesó la puerta sin dificultad y se difuminó en la penumbra.

Eustaquio se sentó en el borde de la cama. Ahora sí podría dormir. Por lo menos lo haría sin sobresaltos en lo que restaba de la noche. Eso era lo que pensaba cuando un disparo rasgó el aire. Provenía del patio. Gritos. Pedidos de auxilio. Llantos sin consuelo. Uno de sus hijos había muerto atravesado por una bala fratricida en medio de una discusión alimentada por el aguardiente barato.

Eustaquio miró la bombilla bamboleante que colgaba del cielo raso. Abrió la mano. El amuleto se hizo añicos sobre el piso de cemento.


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