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Por: Redacción La Industria

TRUJILLO

Publicada el 20/04/2019 - 11:20 AM

[Editorial] Una revolución cotidiana


Recuperar el bienestar colectivo depende de un cambio de actitud de la gente.

Las constantes noticias indican que los vecinos de La Esperanza, El Porvenir y diversas urbanizaciones de Trujillo están molestos con la continua organización de fiestas y actividades deportivas en las calles. Según los moradores, esto provoca caos y desorden, impidiéndoles descansar los fines de semana.

Pero, de acuerdo con las denuncias, esto ocurre casi todos los días, siendo los eventos avalados por el alcalde vecinal de la zona.

De nada valdrá entonces que se llame al serenazgo para que dé por terminadas esas actividades si la autoridad vecinal incentiva su realización.

Trujillo viene construyendo hace años una agresiva relación de convivencia entre sus vecinos. El ejemplo más insólito, que ninguna autoridad municipal ha querido solucionar, es el del bar que funciona impunemente en una zona residencial de la avenida Larco. Este local se cierra y reabre, y en las afueras se arman peleas, vomitaderas y atentados contra el pudor, además de ser lugar donde los borrachos manejan en estado de ebriedad y faltan el respeto a la autoridad. Nada les pasa hasta ahora.

Tomar las calles para realizar actividades festivas, o para organizar campeonatos relámpagos de fulbito, no es otorgar el espacio público a la ciudadanía. Basta que haya una sola queja de malestar y que no exista consenso para que eso tenga que parar. No hay que confundir la sana integración, que no está mal y que es defendible, con el sitio a la vía pública.

Para eso están las losas deportivas que cumplen tal función, y que pueden acoger campeonatos deportivos u otras actividades. ¿No existen? Pues que se construyan. Pero no por su inexistencia vamos a permitir que se altere la paz de los vecinos que tienen derecho al descanso. Esa es una justificación que no tiene fundamento alguno, pues no se puede invocar ningún derecho colectivo que esté por encima del bienestar de las personas. O sea que mucho cuidado con intentar confundir a la gente, ni criticar a quienes se quejan.

En ese sentido, más bien hay que comprometer a los candidatos a todas las alcaldías a presentar propuestas (ejecutables, por cierto) para que se brinde al vecino soluciones a fin de satisfacer los derechos al esparcimiento y al disfrute de los espacios públicos, pero mediante obras viables. Significa eso que ningún proyecto debe quedarse en el papel para que luego se deseche en el olvido.

Recuperar el bienestar colectivo, la tranquilidad que hemos perdido, depende asimismo de un cambio de actitud de la gente.

No nos hace bien desechar la solidaridad y adoptar una actitud agresiva porque el resto también actúa así y uno se pliega a la corriente dominante. No nos hace bien dejar de ser amables con los demás, ceder el paso en pistas y veredas; mantener una actitud de constante alteración en la cola del cajero o del supermercado.

Si hacemos una pequeña revolución cotidiana con nosotros mismos, veremos que conseguiremos como respuesta una sonrisa y aliviaremos en algo la pesada carga de lidiar con nuestros problemas.


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