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Por: Redacción La Industria

ACTUALIDAD

Publicada el 03/04/2021 - 02:55 PM

[Opinión] Domingo de resurrección, por Cecilia de Orbegoso


¿No será, entonces, que todo lo malo que estamos pasando no hace más que prepararnos para aquello por lo que tanto hemos rezado?

Este no es un fin de semana cualquiera, ya que estoy de aniversario. 52 semanas rebosantes de historias, compartidas de links y, sobre todo, apertura de mis memorias: fábulas urbanas cumple un año. Copa de vino en mano y laptop sobre mis piernas, me propongo a escribir la siguiente edición de mi columna, la cual, a través de la monotonía del encierro que nos tocó a todos vivir, he visto evolucionar desde una simple nota autobiográfica hasta una verdadera narración de crónicas urbanas, las cuales poco tienen de leyendas más mucho de ciertas.

Los efectos de la cuarentena se hacen notar en las calles, y cuando el penetrante sonido del silencio se vuelve sofocante pongo de fondo una película. Al igual que las últimas ciento y un veces, la seleccionada de la noche no fue otra que “comer, rezar y amar”. A pesar de estar concentrada en mis cosas y de poder recitar de memoria todo el diálogo de la película, de vez en cuando paro la oreja y no puedo evitar ser tentada y dedicarle unos pocos minutos a una que otra escena.

Esta vez llamó mi atención ver a Julia Roberts en Roma, la ciudad eterna, sentada en el Augusteum (mausoleo construido por Augusto Octaviano, el primer gran emperador, para poner sus restos). Dicho recinto, tras ser arrasado por bárbaros, pasó de ser templo a fortaleza, para luego transformarse en una plaza de toros e incluso un almacén de fuegos artificiales. Ahora ha pasado a ser un baño improvisado para gente desamparada. Dicho lugar, construido por uno de los hombres más poderosos de su tiempo y con un objetivo tan crucial, sufrió un destino que difícilmente creeríamos de no tener la evidencia frente a nuestros ojos.

Fue caóticamente vulnerado, para luego ser adaptado, quemado, saqueado... y reconstruido. No quise dejar pasar la oportunidad de enfocarme en esta reinvención y, tomando en cuenta que me encuentro en mi aniversario, aprovechar en mencionar cómo este año de crecimiento me ha enseñado que hay que estar preparados para oleadas de transformación de lo más inesperadas. 

Me acuerdo vívidamente de cuando dijeron son 15 días nada más”. A esos habría que sumarle por lo menos 350. Recuerdo la ansiedad generada por una enfermedad que no podemos ni ver ni tocar. Cuando esta pandémica situación, más que ave de paso era un cuervo de mal agüero. “Reinventarse o morir” se transformó entonces en la frase corporativa por excelencia. Vi discotecas convertirse en pollerías, bares en supermercados, empresas construidas con sangre, sudor y lágrimas tirar la toalla y, lamentablemente, me tocó ver como muchos amigos tuvieron que decirle adiós a la distancia a más de un ser querido. En una nota más miscelánea, muchas se convirtieron en mamás, mientras que otras volvieron nuevamente a ser solteras. Parece que el encierro llevó a tantas parejas al destierro como a la consolidaciónNo es de extrañarse, entonces, que en estas épocas en las que la incertidumbre puede más que la razón, el caos como lo conocíamos se volviera aún más caótico y el engaño verdadero, en muchos casos, pareciera yacer nada más y nada menos que en un aferro.

En 2019 cada persona con la que hablaba parecía estar en la búsqueda constante del amor (seguro por eso el nombre original de mi blog era el amor en los tiempos del post). Mal que bien, es el amor el que hace girar al mundo. Pero ahora que el mundo está paralizado, ¿qué es lo que verdaderamente estamos buscando? Por algo existe el dicho “si quieres ver a Dios reír, cuéntale tus planes”. Hasta el más ávido apostador te dirá que el azar tiene sus bases en la estadística y que, si te han tocado malas manos, no es más que cuestión de tiempo para que empiecen a llegar las buenas. Me apena mucho decir que, desafortunadamente, tras más de un año de malas jugadas, muchas personas siguen esperando esa una carta que les cambie la jugada.  Esta ansiedad de sentir que el mundo (tanto física como metafóricamente) se está acabando ha generado incluso en el más fuerte de nosotros una ansiedad generalizada.

En el 2020, se volvió en hábito para mi escuchar y, (valga recalcar sentir) dudas y cuestionamientos. ¿Me tengo que ir? ¿Me tengo que quedar? ¡Dios mío mándame una señal! (No ayuda mucho que nos pasemos la vida pidiendo respuestas cuando no sabemos si estamos haciendo las preguntas correctas).  Muchas veces he escuchado decir que, para probar del bien, primero tenemos que aguantar el agrio sabor de la adversidad. Cada vez me convenzo más de lo absolutamente cierta que es esta frase. Pero no puedo evitar notar que, al menos durante estas épocas, esos bocados amargos tienen poco de dieta y bastante de gula. Esta realización me lleva a una incógnita que no por ser preocupante deja de ser válida, ¿será que recién quebrándonos podemos volver a empezar? 

Hace un par de años una amiga muy querida estaba pasando por un bárbaro momento de vulnerabilidad. Una agresiva relación la tenía agotada, sin mencionar una áspera monotonía que la tenía consumida. Los detalles del incidente no vienen al caso, pero lo que sí vale la pena mencionar es que, tras un fin de semana sombrío (el cual incluía un encuentro cercano, no planificado ni mucho menos deseado con ese ex al que sus amigas se referían como “el desgraciado”), después de una larga ducha caliente, se dio cuenta de que en el baño no había ninguna toalla. Goteando aún, fue caminando hacia la sala y fue en ese momento cuando escuchó un ruido estridente. El vidrio de su ducha se había pulverizado cual raspadilla de la avenida España. Los proveedores del vidrio dijeron que era caso en un millón, esto no debía pasar con un vidrio templado y solo atinaron a pedir las disculpas del caso.  

Mis amigas y yo, al escuchar esta historia, quedamos perplejas. No pasó mucho tiempo para que una amiga nos comentara sobre una antigua creencia de que, cuando una casa o persona está muy cargada, la energía se escapa por donde sea, particularmente en la forma de un cristal que se rompa de la nada. Y, efectivamente, al investigar ligeramente más descubrí las bases de esa teoría: la energía es vibración.  Y así como cuando en la ópera la soprano rompe la copa, un agudo muy fuerte en nuestras vidas puede ser la gota metafórica que derrama el vaso.  

Ese mismo día, dos horas después, mi amiga recibió respuesta de una de las actitudes más proactivas en su vida.  Un par de semanas atrás había mandado su CV a cuanta empresa pudo y justamente en ese momento le contestó una la cual proponía un cambio radical en su vida. Ella, que tanto había rezado por un cambio, terminó aceptando la proposición, la cual venía con mudanza incluida. Hoy por hoy, es otro su trabajo, sus amigos, su entorno y su ciudad. Hizo un cambio de 360 grados en todos los aspectos de su vida. No le quedan dudas que ese vidrio reventado fue su punto de quiebre.  

Del mismo modo, mi amiga croata Camila, no podía consigo misma. Había buscado trabajo por un año, teniendo resultados completamente contrarios a los esperados. Cosas extrañísimas le pasaban en su búsqueda implacable del trabajo: los emails le rebotaban, sin explicación alguna la descalificaban y, hasta en una ocasión, la entrevistadora con la que hablaba decidió cortar antes de tiempo la llamada. Una tarde me llamó llorando, amenazando con que se iba, pero ambas sabíamos que era una amenaza infundada. Al fin y al cabo, ni ella misma estaba segura de lo que quería.

La primera semana de febrero me contó que había comprado un pasaje de vuelta a casa para el 29 de marzo, así que, si planeaba concretar algo antes de irse, le quedaban ligeramente menos de dos meses de plazo para lograrlo. El domingo por la tarde abrió su laptop y se llevó con la sorpresa de que tenía la pantalla completamente destrozada. “¡Qué pesadilla!” pensaba ella, “ahora, encima de todo, tengo que arreglar esta máquina en plena cuarentena”, situación que se volvía incluso más complicada si se consideraban los pocos ahorros que le quedaban. El lunes 29 por la mañana recibió una llamada en la que no solo le ofrecían un trabajo, sino que incluso se disculpaban por haberse tardado en hacer contacto. ¡Al fin! Se quedaba. No sé quién lloró más de la emoción, si ella o yo.  

Hace unos días, mientras hablaba por teléfono con mi mama a la 1 de la mañana, sentí un crujido fuerte. Se había roto, así sin más, un espejo de la nada. Lo más curioso de todo es que tenía forma de corazón roto. No me queda duda alguna de que se trata de una energía que estoy drenando, y es por ello que me da muchísima curiosidad averiguar qué es lo que el destino me está deparando.

Mis amigas me preguntan si estoy preocupada, pero yo, por el contrario, les contesto que me siento de lo más reconfortada. Metafóricamente hablando, la ruina, más que desgracia, siempre es un regalo, ya que un punto de quiebre significa una oportunidad para volver a empezar. Ningún mal dura para siempre, ya que nada lo hace. Y en este mundo tan caótico y a la vez tan hermoso, la única trampa es encariñarse con cualquier parte de él. ¿No será, entonces, que todo lo malo que estamos pasando no hace más que prepararnos para aquello por lo que tanto hemos rezado? Total, ¿Cómo quieres llegar al castillo si aún no te has sumergido en el pantano? 



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