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Cecilia de Orbegoso es trujillana y radica en Londres.

Por: Redacción La Industria

PLAN B

Publicada el 27/03/2021 - 02:48 PM

¿Mea Culpa?, por Cecilia de Orbegoso


“Pide señales y te las darán” es la frase favorita de mi querida amiga Camila, y que junto con su segundo dicho más famoso "pasamos por la vida buscando respuestas, cuando en la mayoría de los casos no sabemos si las preguntas son las correctas" hacen una dupla de lo más fascinante.

“Pide señales y te las darán” es la frase favorita de mi querida amiga Camila, y que junto con su segundo dicho más famoso "pasamos por la vida buscando respuestas, cuando en la mayoría de los casos no sabemos si las preguntas son las correctas" hacen una dupla de lo más fascinante. Muy esotérica ella, tenía una marcada predominancia para la percepción, como si en otra vida hubiese ejercido el oficio de curandera o bruja de manera bastante efectiva.

A pesar de que ella y yo llevábamos ya un par de años de conocernos, no fue hasta que compartimos techo que nos volvimos amigas verdaderamente cercanas. Desafortunadamente, ese arreglo duró poco, ya que, por razones logísticas, se tuvo que mudar.  Sin embargo, y para nuestra buena suerte, tuvo la oportunidad de que fuera a tan solo una cuadra de mi casa.  

Para sumar a nuestra fortuna, se terminó mudándose a la casa de Joseph, un chico ingles de nuestra edad que, por alguna razón ilógica del destino, se decidió a acogernos en su grupo de amigos (valga mencionar que lo ilógico de esta situación se debía a él, Pro-Brexit, nunca en su vida había tenido algún amigo latino).  

A pesar de todos los momentos innegablemente divertidos que pasamos, tanto Camila como yo intuíamos que el final de esa relación vecinal iba a ser una digna historia para las bitácoras de la cripta. Esto se debía principalmente al auto asignado rol de ente sobreprotector que Joseph se había impuesto desde el inicio de la relación.

Él, hijo único de un matrimonio excesivamente privilegiado, tenía una especie de trastorno obsesivo que se evidenciaba  con especial fuerza cuando se encontraba con sus amigos: gozaba tanto de ser el centro de atención por excelencia como ellos de tratarlo como si de abeja reina se tratase. Ya que tanto nuestras personalidades,  con sus altos despliegues de protagonismo, tendían a chocar, no es sorpresa que entre él y yo prevaleciera una relación de amor-odio. Camila, por otro lado, con una personalidad bastante más sobria y cauta, era el complemento perfecto para el egocentrismo de Joseph.  

Si bien el hecho de que el vecino la tratase como hermana menor había hecho sentir a Camila de lo más bienvenida, ambas teníamos más que claro que esta protección venía con un costo asociado. “¡Si algún día te quedas a dormir en casa ajena el, vecino entra en histeria!” siempre le repetía yo, y si bien una cuestión de pernocte no se llegó a dar durante su periodo de convivencia; llegado su momento y en contra de estimaciones, fue un asunto de vanidad más que de celos el causante del pleito.

Un viernes por la noche Camila regresó temprano de un date, tras lo cual el galán, educado, la acompañó hasta la puerta de su casa. Y dado que el maniático vecino, asistido por un sistema integrado de cámaras, no se perdía ni un segundo de lo que pasaba por su fachada, se presentó enfurecido frente a Camila y, alegando una poca moral por parte de ella, decidió poco cordialmente informarle que había llegado el momento de salir definitivamente de su casa.

Honestamente, y por consideración a Camila, estoy siendo bastante tacaña con los detalles más sustanciosos de la velada, ya que para ella esa fue una noche de verdadero terror. De a gratis se llevó tremenda sarta de gritos, insultos y amenazas. "Estaba muerta de miedo. Este hombre tiene la casa llena de armas” me contaba.  

Por meses Camila quedó traumatizada, hasta el punto de  no querer ni mencionar el nombre del vecino. Mal que bien, Joseph le mostró su peor cara esa noche. No obstante, y a pesar de no mantener contacto alguno con el desmesurado ex-amigo que tan rápidamente la había dejado desamparada, la mala suerte de Camila continuó hasta el punto en que hasta el menos crédulo se hubiera convencido de que una fuerza cósmica confabulaba en su contra para asegurarse de que termine regresando a su natal Italia: tras perder tan súbitamente su casa, no pasó mucho tiempo para que se le cayera una propuesta de trabajo muy necesitada y que la estafaran al encontrarse por cerrar el contrato para su nuevo departamento. La pobre regresó a Lucca devastada. 

Las crónicas de la cuarentena estrenaron temporada, y no creo que haga falta mencionar que fueron causantes de la mayor parte (por no decir el total) de las ansiedades y frustraciones que hoy por hoy se viven. Un año atrás hubiera afirmado sin pensarlo que casi todas las personas que conozco se encontraban buscando enamorarse. Hoy por hoy,  sin embargo, esas preocupaciones han virado casi universalmente hacia la necesidad por  recolocarse. Camila, muy valientemente, se había decidido a regresar y pasar estos periodos de incertidumbre en esa ciudad a la que le había tomado tanto cariño.

Aún a pesar de no arrepentirse de su decisión, no podía evitar sentirse maldecida, ya que, si bien postulaba incansablemente y agendar cientos de entrevistas, al final del día por más que tocase furiosamente cada puerta que pudiera alcanzar, ninguna parecía querer abrirse para ella. Llegó a cuestionarse, tras terminar de instalarse por segunda vez en Londres en muy pocos años, “¿cuál es el propósito de mi estadía?”  

Hace 3 semanas subí a Instagram una foto de una playa en Turquía, tras lo cual el infame vecino me mandó un mensaje privado, comentándome lo maravillado que estaba con mi paisaje. Esa tarde, cuando Camila me vino a visitar, no me pude aguantar el chisme, “no sabes quién me ha vuelto a contactar”. Ella se quedó callada, lo que irónicamente me dijo más que cualquier combinación de palabras… “Yo solo me acuerdo de lo bueno, lo malo lo olvido”, me comentó más tarde, tras tranquilizarse un poco.  Sin embargo, me costaba un poco convencerme de que verdaderamente la clave se encontrara en olvidar. Perdonar sí, para que no duela. Pero ¿qué tan necesario es olvidar? Uno puede argumentar que no existe perdón sin olvido, y no estaríamos equivocados, pero ¿acaso recordar nuestros peores momentos no nos permite aprender de ellos?

Parece que al final mis divagaciones no tuvieron razón de ser, ya que Camina, a pesar de sus palabras, no había podido ni olvidar ni mucho menos perdonar. Y peor aún, si somos honestos, de ambas acciones había solo una que estaba en sus manos.

Dos días después, caminando por Chelsea Embankment, me soltó abruptamente a la cara “te tengo que contar, he hablado con el vecino”. Yo, que pensaba que en el 2020 lo había visto todo, me di cuenta de que el 2021 tenía aún mucho que mostrar. “¡cuenta, exagera y prohibido que omitas algún detalle!”.  

Camila, quien por meses y meses había pedido al universo cualquier tipo de mensaje que le indicara lo que tenía que hacer para poder canalizar su energía en una dirección positiva, había llegado a la conclusión de que, para tener paz tenía primero que declararla, por lo que, tras darse cuenta de lo mucho que la había afectado volver a escuchar del indeseado chico, se decidió a hacer lo impensable y le enseño al, ahora querido, vecino su bandera blanca. 

No bastaron ni dos días para que su vibra diera una vuelta de 180 grados. No dejaban de llamarla para nuevas entrevistas y no tardó una semana en confesarme que, ya sea por un cambio en su perspectiva o por un poco sutil mensaje del cosmos, las cosas habían empezado a fluir para ella de una manera en que no lo habían hecho en un año. Esa turbulenta sensación que la había acompañado desde esa desabrida noche, hoy por hoy muy lejana, finalmente se había desvanecido y había dejado en su lugar una sensación de crecimiento personal que era imposible ignorar.  

No estoy segura de si cada dolor en el presente trae consigo la oportunidad de sanar una vieja herida, pero de lo que no me quedan dudas es de lo sabía, además de buena maestra, que puede ser la vida. Hoy tengo la certeza de que, cuando alguien se cruza en tu camino, siempre trae consigo algo positivo, ya sea que venga como una bendición directa, o en forma de una gran lección.  Al final de la tarde, Camila me confesó “Aún a costa de mi orgullo, nada más liberador que soltar".

Después de escuchada su frase, se me hizo imposible no recordar las muchas personas que se han referido al perdón como máximo elemento de liberación, e inclusive van más allá, llegando a evocar la catatónica sensación que se obtiene tras un eficiente auto perdón.  

En el caso de los católicos, a través del bautismo empezamos nuestra vida y nuestro camino a la salvación recibiendo el perdón. Me cuesta racionalizar que se nos dificulte tanto poner en práctica un precepto con el que prácticamente hemos nacido. Si errar es humano, ¿perdonar acaso no lo es también? Dicho esto, se presenta una pregunta con implicancias aún más complejas, ¿por qué es mucho más difícil perdonarse a uno mismo que perdonar a alguien más? Habiendo crecido con el concepto (si bien tal vez no la práctica) de que al prójima hay que perdonarlo, ¿por qué nadie nos ha explicado que el arte del perdón está en el auto perdón?  


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