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Cecilia de Orbegoso es trujillana y radica en Londres.

Por: Redacción La Industria

PLAN B

Publicada el 21/02/2021 - 04:08 PM

Guerra avisada no mata gente, por Cecilia de Orbegoso


No pude evitar preguntarme, ¿Cuántas veces habremos terminado dejándonos engañar y, peor, engañándonos a nosotras mismas, solo por no atrevernos a considerar algo que nos cuesta creer que es una posibilidad? ¿Cuántos dramas nos habríamos ahorrado de tan solo escuchar el consejo de una amiga bienintencionada, y a su vez, ya experimentada?

No creo ser la única que considera que, debido a esta situación de teletrabajo, uno ya no se da abasto. Por ello, cuando milagrosamente un viernes se perfila como un día tranquilo y la semana laboral finalmente termina, no hay cosa más gloriosa que dar punto de partida a un fin de semana de relajo descorchando una botella de vino tinto y loreando con una amiga.

 Hace 3 fines de semana le escribí por WhatsApp a mi buena amiga Camila para que venga a chismear a mi casa. Rápidamente, sin embargo, contestó a mi mensaje diciendo que estaba ocupada: Había quedado con un muchacho con el que había hecho match en Hinge, un dating app que estaba acaparando gran parte de su data. Lo más pintoresco de la velada, según me comentó luego, era que, por razones tanto pandémicas como de distancia, la cita iba a darse nada más y nada menos que sentados frente a sus laptops, cada uno en su respectiva sala. El flirteo virtual en su máximo esplendor. “Que modernidad” le contesté yo “pensé que los dates por Zoom eran leyendas urbanas”, a lo que ella me  respondía pícaramente “antes de pasar al 3D primero quiero ver que tal nos va en 2D”.  

 La cita salió de maravilla, por lo que hicieron planes para conocerse de manera presencial el fin de semana siguiente. En el entreacto, el detallista muchacho no dejó pasar la oportunidad para mostrar sus mejores dotes de galán: mensajes por las mañanas, largas llamadas por las noches y un ramo de flores a mitad de semana. Llegó el día del encuentro, caminaron por el parque y luego se dieron un par de besos en la sala de Camila. Sin embargo, el muchacho no llegó a más, dejando a mi amiga con las ganas, no necesariamente carnales, más sí emocionales con miras a maritales. 

Por más de que ella quisiera hacer sus fechorías, el galán no se permitía pasar de base, ya que, según él, el secreto para una buena relación es cocinarla a fuego lento. “El siguiente fin de semana no te salvas” le dijo con un par de indirectas. Y Camila, de antemano, se preparaba física y mentalmente para la faena.  

El sábado siguiente, sin embargo, recibí una llamada de Camila quien, muy preocupada, me confesó que el muchacho la había dejado plantada. “¿Desde cuándo no sabes nada de él?” le pregunté, a lo que ella me respondió “me mandó un mensaje diciendo que tenía muchas ganas de verme, yo le contesté diciéndole que también, y luego no supe absolutamente nada más de él”. 

 Mientras yo no dejaba de sentir que ese cuento, más que una épica parecía la crónica de una decepción anunciada, ella continuaba dándome los detalles de la excusa tardía “lo vi en línea tanto la noche del viernes como el sábado durante el día”. Por la tarde, a Camila le llegó un mensaje con la excusa de la temporada (la cual, personalmente,  yo había abusado sin descaro) “me duele la cabeza y me pica un poco la garganta, me voy a hacer un test de COVID. Pero, por si acaso, mejor no nos arriesguemos y me quedo en mi casa”.

Con el paso de los días la comunicación se fue desvaneciendo. Esporádicamente el muchacho daba señales de vida, pero junto con estas llegaban excusas que iban in crescendo y que incluían desde el típico “tengo que revisar larguísimos contratos hasta un descarado no he contestado porque dejé mi celular en el carro. El domingo pasado fue el clímax de la desesperación. “No entiendo” me decía Camila, “me manda flores sin ningún motivo, pero en San Valentín no recibo ni el más aguado de los memes”.  

Había sido testigo de un comportamiento parecido, curiosamente hace un poco más de dos años. Mi amiga María, en un cocktail en la embajada, había conocido a su príncipe encantador: simpático, elegante y, lo mejor de todo, ostentaba título de Lord. El flirteo entre ellos empezó de lo más intenso, y el hombre, en menos de dos semanas, ya le estaba declarando amor eterno. “Eres la mujer que estaba buscando para casarme”.  Pero como bien dicen “todo lo que sube tiene que bajar. Después de varias salidas, presentación a la familia, sorpresas, mensajes llenos de emojis e incluso incipientes planes a futuro, sin importar la maravillosa química que parecían ostentarinesperadamente el contacto fue desapareciendo hasta que un día, así sin más, se lo tragó la tierra. 

Después de una actitud tan contradictoria, primero compromiso total y luego una completa falta de interés, la reacción más natural es la de “stalkear” de manera virtual al acusado, ya que la única excusa a perdonar es que un par de extraterrestres lo hayan querido secuestrar. Pero el hombre no tenía ningún tipo de red social, por lo que María andaba hecha un manojo de nervios, haciendo mil y una hipótesis con amigas de lo más pacientes, entre las que me encontraba yo, quienes no sabíamos cómo decirle a cara pelada que su drama de amor nos tenía agotadas. 

Mal que bien, este síndrome de desaparición es más común de lo esperado, y en la mayoría de los casos el primer síntoma termina siendo que el hombre en cuestión sea incapaz de determinar el estado real de la relación, por lo que termina presentando estas actitudes contradictoras que oscilan entre la abnegación y la indiferenciaAl mismo tiempo, como no sabe lo que quiere realmente, decide no cerrar el capítulo oficialmente, esperando tener la oportunidad más adelante de explicar su ausencia con una historia extremadamente dramática y convincente, la que probablemente terminaremos creyendo, ya que cuando alguien nos gusta racionalizamos hasta el más absurdo de los cuentos,  vuelve a mí que yo te espero con los brazos abiertos. 

María le creyó los cuentos por casi un mes y medio, hasta que el hombre desapareció completamente. ¿Qué había pasado? ¡Se había casado! Por eso, cuando escuché los dilemas de Camila, rápidamente levanté bandera roja y le dije “atención amiga, que son varias las habas que se cuecen en esa cocina. Que no te sorprenda su tiene otra o si la ex aún sigue en su radarBien dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, mi amiga Camila continuaba sacando argumentos que hubieran hecho temblar al abogado más avezado. “Te recomiendo que pierdas este partido por walk over” le insistía yo “ya si quieres seguir jugando, no te tires de un clavado a la piscina, se bastante cauta. No te vayas a enamorar y mucho menos creer a ese galán.

Al final del día, quien no te quiere oír, no te escucha, aunque grites. Camila insistió en intentar revivir esta relación la cual hace semanas acumulaba moscas, hasta que hace un par de días me volvió a llamar. Se lo había encontrado caminando en el parque y grande fue su sorpresa cuando, efectivamente, sus dudas fueron resueltas de manera muy súbita: el caminaba acompañado y nada más y nada menos que con una chica de la mano. Gritos, llantos y un escándalo muy público fueron necesarios para que Camila finalmente entendiera su error. “tenías razón” me decía “yo también lo sospechaba, solo que no quería terminar de creerlo” 

No pude evitar preguntarme, ¿Cuántas veces habremos terminado dejándonos engañar y, peor, engañándonos a nosotras mismas, solo por no atrevernos a considerar algo que nos cuesta creer que es una posibilidad? ¿Cuántos dramas nos habríamos ahorrado de tan solo escuchar el consejo de una amiga bienintencionada, y a su vez, ya experimentada?  No por nada se dice “guerra avisada no mata gente”. Me gustaría también sumarle “muerte avisada no causa guerras”.


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