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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 23/01/2021 - 03:30 PM

[Opinión] Donde se pone el ojo, ¿se pone la bala?, por Cecilia de Orbegoso


En aspectos tan importantes como los dilemas del corazón ¿por qué nos da tanto miedo mostrar determinación?

Acababa de empezar el nuevo ciclo de la maestría y mi Whatsapp no dejaba de sonar, ya que, en estos momentos tan inciertos, creo que nos salió por la culata, tanto a mi como a mi amiga Aalia, la errónea idea de que los representantes estudiantiles no hacían nada. Muy ingenuas nosotras decidimos postular a la posición, y para nuestra mala suerte, esta “desinteresada” iniciativa se cruzaba con la crisis sanitaria más fuerte de nuestras vidas. “La nueva normalidad” era una cosa de lo más anormal: extraños procesos, reglas de juego cambiantes y estudiantes enfurecidos porque no estaban de acuerdo con las nuevas condiciones de las clases. 

Ya hace varias horas, por mi salud mental, había silenciado el chat grupal de mi universidad, sin embargo, un contundente paquete de mensajes hacía que la pantalla de mi celular no dejase de brillar. Era mi amiga Leticia, quien ni bien empezada la pandemia, dejó Londres para instalarse hasta nuevo aviso donde sus padres en una ciudad en el oeste de España.  

“Tía necesito consejo amoroso!” frase para mí más valiosa que el caramelo de Monique Pardo “Cuenta y exagera” contestaba yo. En resumen, había conocido hace unos meses al muchacho ideal, "es todo lo que llevo buscando mucho tiempo", según sus palabras, y se hicieron muy amigos rápidamente. Leticia sentía que él le mandaba señales de que el sentimiento era mutuo ya que se mostraba muy reactivo si otro muchacho aparecía en escena, o como diría mi amiga “le metía ficha”. Por otro lado, la conversación entre ellos era de lo más fluida, tanto en realidad virtual como en realidad carnal.  “Wow” le dije yo, “qué bueno que todo fluya tan rápido. Pero no veo el problema, a ver dime para que soy buena”.   

Parecía que Leticia no era la única que corría esta carrera. Había otra muchacha que ostentaba el título de saliente full-time. “¿Me estás diciendo que estás metida en pleno trio sentimental?” A lo que Leticia me confesó, que efectivamente, había un obstáculo que no la dejaba avanzar pero que el terreno entre su galán y la susodicha cada vez era menos sólido, ya que, por la pandemia, no solo había varias ciudades de por medio entre esa cuasi pareja, pero cada vez se desvanecía más la fascinación que el sentía por esa muchacha que hoy era su competencia.  

“¿Yo ahora que tengo que hacer?” me decía, “es que tía a mí no me gusta conocer a alguien si tiene pareja, a pesar de que según sus palabras en la considera cada vez menos su novia” seguía contándome mientras yo reflexionaba, ya que no quería darle un consejo sin primero saber que era lo que realmente quería ella.  “Para mí esto se está volviendo en un problema, me está gustando demasiado ¿Qué será de mi si caigo en esa trampa?” me preguntaba ansiosa, como si recibir consejo mío fuese una especie de cábala. La pobre, insegura, me contaba que muchas de sus amigas, bastante escépticas en las probabilidades de éxito de esta empresa, le habían dicho que no pierda de vista dos puntos importantísimos: sentido común y amor propio. “¿Qué debo hacer? ¿seguir intentando? ¿o poner distancia entre ambos?   

Este escenario para mí no tenía nada de novedoso. Muchos años atrás, específicamente en mi segundo año de la universidad, una de mis amigas más queridas, Tamara, quien de paso es una de las personas más puras y buenas que conozco vivía perdidamente enamorada de Salomón, un chico de su colegio 3 años mayor.  El amor empezó a surgir los domingos por la tarde en el grifo de Portillo con Pezet, spot tan concurrido como el McDonald's del Óvalo Gutiérrez un sábado a las 4 de la mañana.  

El sentimiento era mutuo, ya que cada vez que Salomón veía a Tamara, inmediatamente los ojos le brillaban. Por varios meses fueron rompiendo el hielo y se fueron conociendo, sin que pasara nada. Pero había un gran impedimento para el cuento de hadas del amor eterno. Salomón no estaba disponible, tenía enamorada.  

Era vox populi dentro del grupo de amigos del grifo que la relación de Salomón con su enamorada rodaba cuesta abajo y en picada, sin embargo, la pregunta del millón, planteada automáticamente los lunes por la mañana era: si no está feliz, ¿Qué tanto le cuesta dejar a la enamorada? Y mientras nuestra rutina de domingo continuaba, nosotras descifrábamos cuanta teoría se nos ocurría. Hasta hicimos focus group con los machos alfa de la promoción: “jamás la va a dejar por un tema de comodidad, además ese tipo de hombre hace la jugada de Tarzán: una liana por otra, o en este caso una “flaca” por la otra”. 

 Un tranquilo sábado por la tarde, Tamara me fue a visitar y de paso aprovechar en ganar un poco más de sabiduría en ese tan etéreo campo de venus. Mi mamá en cuestión de segundo pudo olfatear sus penas de amor, a lo que le dijo “Corazón, ¿qué es lo que te provoca tanto dolor?” y Tamara, tratando de ponerla en sintonía con el último capítulo de su agonía, recibió una respuesta de lo más liberadora. “Tu felicidad recae únicamente en tus manos, ya que nunca vas a avanzar confiada por el camino si es que sigues teniendo sucio tu parabrisas. Primero define que quieres conseguir y si lo que quieres es estar con él, no lo dudes y tírate la piscina, tu objetivo es que él te tenga presente todos los días”. 

 Esa noche Tamara salió decidida de mi casa, tenía un plan y se iba a aferrar a él. En menos de un mes, Salomón terminó con la que ahora es su ex, y mi amiga querida se casó un par de años después con el amor de su vida. Quienes no tienen acceso a ambas versiones de la historia podrán argumentar que se metió entre los palos, más por el contrario, los testigos vimos una mezcla de oportunidad, determinación, destino y sobre todo mucho cariño. La exnovia, que tampoco estaba tan contenta, al igual de Salomón, en cuestión de poco tiempo encontró nueva pareja.  

Mi amiga Leticia, aún confundida, me dijo que le iba a dar un poco más de vueltas a la idea, ya que, además, había que considerar el importante factor de que en solo dos meses dejaba España para volver a Londres. Yo, por mi lado, no pude evitar preguntarme, en aspectos tan importantes como los dilemas del corazón ¿por qué nos da tanto miedo mostrar determinación? Siendo sinceros, en la etérea carrera de la búsqueda de la felicidad, al ser yo la que tome mis propias decisiones, es mucho más lo que tengo por ganar, así que, ¿qué tal si le perdemos el miedo a arriesgar? Ya que, como lo he dicho más de una vez, prefiero sufrir en mi propio infierno y gozar en mi propio cielo que encontrarme perdida en un purgatorio eterno de cuestionamientos.  


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