HOY, EN LA PORTADA
DE NUESTRA
EDICIÓN IMPRESA

X

Y no pude evitar pensar en la naturalidad de esa estrategia, y bastante cansada estaba ya tratando de entender por qué otras chicas pasaban de ser aliadas cercanas a temidas enemigas.

Por: Redacción La Industria

PLAN B

Publicada el 11/01/2021 - 06:47 PM

Amigas y Rivales, por Cecilia de Orbegoso


Un lio de faldas que me dejó un poco perpleja fue el vivido hace un par de años, una helada tarde de invierno en Londres, mi buena amiga Fabiola me ponía al día de todos los por menores de sus dos últimos años, los cuales había pasado en Nueva York.

Después de leer un poco de noticias sobre el surrealismo mágico que estaba pasando en el capitolio (aunque después del 2020 que acabamos de pasar creo que en este 2021 cualquier actividad paranormal se puede categorizar como común y corriente) me saltó una sugerencia de artículo en donde se explicaba científicamente la poco subliminal competitividad existente entre las mujeres, mientras que yo por mi lado, sin necesidad alguna de que me suelten una que otra darwiniana teoría, nunca llegaré a comprender  por qué  en un mundo tan complicado y competitivo, tengamos que cuidar nuestras espaldas más que de un hombre, de una propia mujer.  

Un lio de faldas que me dejó un poco perpleja fue el vivido hace un par de años, una helada tarde de invierno en Londres, mi buena amiga Fabiola me ponía al día de todos los por menores de sus dos últimos años, los cuales había pasado en Nueva York. Tocamos el tema de Laura, una chica quien era, probablemente, una de las personas más pesimistas con las que ella se había cruzado en la vida, pero a pesar de ello por mucho tiempo fueron buenas amigas. Se conocían hace ya varios años antes de terminar viviendo en la misma ciudad y compartiendo oficina. Parecía cuento de hadas, dos muy buenas y afines amigas haciendo de las suyas en la gran manzana. En la vida real, sin embargo, más que cuento de Disney terminó pareciendo un cuento de los hermanos Grimm.  

Pasaban los días y Fabiola se fue dando cuenta de que, junto con Laura, venía también una sombría aura de pucheros, malas caras y críticas y poco a poco, mientras más tiempo pasaba con ella, terminó creyendo como suyo ese discurso amargado, derrotista y pesimista. Me contaba que Laura vivía una vida que no le gustaba, pero a pesar de ello no hacía esfuerzo alguno para cambiarla, y sin darse cuenta, Fabiola empezó a caer en el mismo círculo, tan sumida en ácido que ya empezaba a notar las úlceras.  

Pero ahí no acababa la historia, a pesar de haber estado acostumbrada a trabajos muy demandantes durante su vida profesional, este último puesto que tuvo fue uno de lo más desafiantes, todo debido al ambiente laboral, ya que, por más que no lo pareciera, este se asemejaba demasiado a un nido de culebras. El organigrama era un triángulo básico: en la punta superior el jefe y debajo de él sus dos subordinadas quienes hacían el rol de poco colaborativas colegas y, con el pasar del tiempo, cada vez más hipócritas amigas y abiertas rivales. Fabiola tenía un currículum adhoc para el puesto, además de mucha formación académica que lo sustentaba. Por otro lado, su colega Laura había entrado ahí por una recomendación o bien llamado favor. Siguiendo la línea de los desbalances, la carga laboral de Fabiola era por lejos mucho mayor a la de Laura, quien tenía funciones relativamente rutinarias y para añadir una raya más al tigre, había una brecha salarial considerable entre ambas que el jefe nunca pudo justificar. 

Yo ya había terminado de comerme las aceitunas de mi Martini mientras Fabiola me contaba casi con lágrimas “no sé qué hacer, he hablado con mi jefe sobre los salarios y me dijo textualmente: "Fabiolita, yo sé que te tengo que pagar más, pero eso no sería posible” “¿Por qué no?” “Mira, sé que trabajas muchísimo y te lo mereces, pero si yo te subo el sueldo, Laurita se va a molestar. Y eso no lo puedo permitir”.  No sé cuál de las dos situaciones le afectó más: la falta de profesionalismo del jefe, la cual era brutalmente evidente, o su ostensible favoritismo hacía Laura, el cual no tuvo ningún reparo en restregarle en la cara.  “¿No sería que ahí se cuecen habas?” le contesté. Y aunque esa idea a Fabiola también se le había pasado por la cabeza, por no seguir al morbo o tal vez por temor a lo que podría encontrar, la dejaron pasar. Como si poco fuego hubiera ya en esa fogata, se había enterado de que Laura, usando mentiras y cizañas, en repetidas ocasiones le había metido un puñal por la espalda con el jefe, factor que agregaba aún más gasolina en este ya muy ardiente fuego. Para ese momento, yo estaba ya en el tercer Martini, mientras que Fabiola parecía no parar con las crónicas de una puñalada anunciada. 

Y no pude evitar pensar en la naturalidad de esa estrategia, y bastante cansada estaba ya tratando de entender por qué otras chicas pasaban de ser aliadas cercanas a temidas enemigas. "Bueno, todo rey tiene una favorita dentro de su corte, la cual, aprovechando su situación se atribuye a ella misma privilegios de reina" le decía yo "al final de cuentas aquella que cree ser reina tiene que cuidar mucho sus pasos, ya que basta solo uno en falso para que le corten la cabeza". Un año después, Fabiola habiendo cambiado esa oficina por un negocio propio, se enteró que, en un recorte de gastos, su excolega Laura había sido sacada del mismo trabajo que defendía a mano armada. Solo pude pensar "tiempo al tiempo" y sobre todo reafirmar una frase que me parece muy cierta: Es más que conocido que la venganza es un plato que se sirve frío, y cada vez sospecho más que esto se debe a que es éste el que con más frecuencia tiende a quemar la lengua del catador apresurado. No es de extrañar, y ha sido ya muchas veces demostrado, que el tiempo sea el único colega con el que a la venganza le guste trabajar.


Tag Relacionados:

Valora nuestra Nota

SUSCRÍBETE

Recibe las últimas noticias directo a tu email

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones

Grupo La Industria - 2020