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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 02/01/2021 - 05:30 PM

[Opinión] Amor bajo la lupa, por Cecilia de Orbegoso


Se dice que el que busca encuentra, por lo que no nos queda más que concluir que el que busca lo peor encontrará asimismo lo peor.

Dicen que después de la tormenta siempre llega la calma. Pero en los océanos del amor, ¿Por qué cuando estamos navegando en aguas mansas hacemos lo imposible por crear tanto tormenta como tempestad? Al momento de maquinar nadie nos gana y si a ello se le suma que el galán de turno exprese cualquier actitud que llegue a detonar la más la ínfima sensación de duda, desconfianza o sospecha, no hay explicación racional que la pueda hacer parar. ¡Manos a la obra! es momento de indagar, y como buenas millennialsdejamos atrás los polvos magnéticos para huellas dactilares por la modernidad de las redes sociales y su facilidad para revelar pecados virtuales.

Muy importante, además: el éxito de la misión X-Files y cualquier posibilidad de encontrar alguna actividad "paranormal" se basa en un trabajo discreto y colectivo. ¡Y qué cooperadoras podemos ser las amigas para dar, infaliblemente, con la prueba de la deslealtad!

Hace dos semanas, Katia, una muy buena amiga de Canarias que se encontraba pronta a irse unos días a su casa por navidad vino a mi casa un domingo por la noche a despedirse y, de paso, trabajar los bíceps con una extensa serie de levantamiento de copas de vino. Aprovechó para darme los últimos updates del galán con el que estaba saliendo hace casi un mes: Era un muchacho que había conocido en Hinge, un dating App que había monopolizado el uso de sus gigas, ya que esto de la encerrona puede ser complicado, pero para que negarlo, de a dos se pasa mucho mejor.

Sin embargo, ese domingo en mi casa el compañerismo era uno de los últimos temas sobre la mesa. Katia insistía en que había algo que no le terminaba de cuadrar, que ella creía que esto era muy bueno para ser verdad. "No me termino de creer el cuento" insistía, mientras me continuaba dando detalles del porqué de esa repentina suspicacia, los cuales eran tan variados como dudosos. En eso, se le ocurrió una idea tan peligrosa como comer una sopa de murciélago en un mercado de Wuhan: “Hazte una cuenta en Hinge y dale like a su perfil, así vemos si pisa el palito y te manda algún mensajito”. 

Le advertí que iba a ser el Waterloo de su salud mental (por lo menos de las siguientes dos semanas). Sin embargo, Katia, queriendo confirmar sus dudas sobre el muchacho, me insistió en que ésta era la mejor forma de descubrir al victimario. Y, aunque tanto mi razón conciencia moral hicieron el rol de ángel hablándome al oído derecho, el diablo en mi interior, tanto por insistencia como por curiosidad y morbo, se prestó a ser parte de la poco lúcida jugada.

El lunes por la noche recibí no solo uno, sino varios mensajes del famoso galán, los cuales, siguiendo el inquebrantable código de la amistad, evidentemente no contesté. Me limité a hacer un screenshot de su conversación y mandarle las pruebas del delito a mi cómplice amiga. 

Me contestó un par de horas después justamente cuando estaba embarcándose en el avión “¡se puede tener menos vergüenza! a esa hora él estaba conmigo mientras yo hacía mi maleta, y al preguntarle al tío en qué andaba, me contestó que viendo videos”. “…ouch” pensé, esa es una cólera que no solo pica, sino también arde. Inmediatamente después Katia siguió con “le voy a mostrar el screenshot de su conversación…me da igual. Este hombre no tiene vergüenza”.

“¡Nooooooo, mujer! ¡Estás loca, ni se te ocurra! Ese sí que es un error garrafal…el arte de la guerra está en saber elegir, con la cabeza fría, las batallas que valen la pena pelear y en las que nos debemos prudentemente retirar…. Sino de ese horno, tanto tú como yo vamos a salir más que quemadas”.

“Es que este gilipollas me anda escribiendo como enamoradito. Va de novio este tío, te digo” me insistía Katia, mientras yo no dejaba de pensar que me encontraba ante a un típico caso de expectativas tergiversadas. Después de unos minutos de meditación me contestó “tienes razón lo voy a pensar y a mi vuelta veré que hago…”. “Sí, piénsatelo bien y con la cabeza fría” le respondí yo, ya que a fin de cuentas la venganza no solo es un plato que debe servirse helado, sino que no es casualidad que sea el tiempo el único colega con el que a ésta le gusta trabajar.

Hágase notar que yo hace mucho no era primeriza en este tipo de asociaciones forenses entre un par de comadres. Había vivido ya la clásica, "mírale tú desde tu cuenta el último storie en Instagram, ya que no quiero que él se dé cuenta que lo estoy mirando", o "llámalo desde un número raro a ver si te contesta, ya que a mí nunca me contesta el whatsapp y me viene con la excusa de que no está pendiente del celular". 

Y cabe recalcar también que en estos tiempos "modernos", nuestro modus operandi más que de dúo dinámico se trata de un trío atómico, ya que las redes sociales se han vuelto las mejores aliadas en esta guerra contra uno mismo. Si antes se revisaban los bolsillos de los trajes o el maletín, hoy se espera el momento de descuido para hacerlo con los celulares.

No pude evitar pensar acerca de la relatividad de la infidelidad: mi querida amiga, en ese momento, estaba enfurecida y con el ego mancillado. ¿Cuál había sido, fríamente pensando, el pecado de ese muchacho? Aún no habían firmado ningún acuerdo de exclusividad y, en el campo del internet y el 4G¿en qué momento se cruza la raya entre una inocente conversación con una imperdonable traición? Además, ¿podremos medir con la misma vara un engaño en carne y hueso que un engaño virtual? 

Pero, después de tanto due dilligence en el campo del flirteo, solo me queda claro una cosa: si nos basamos en la premisa de que “piensa mal y acertarás”, que no nos sorprenda que se cumpla esa profecía y que la ley de la atracción, milenariamente conocida por el poder de su efectividad, haga acto de presencia. 

Se dice que el que busca encuentra, por lo que no nos queda más que concluir que el que busca lo peor encontrará asimismo lo peor… y por encima de todo esto, no me perdonaría el terminar esta reflexión sin plantear esta pregunta: ¿Cómo exigir respeto si no estamos dispuestos a ofrecerlo? ¿Será que nos estamos autosaboteando por ese constante miedo a salir lastimados?


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