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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 19/12/2020 - 04:44 PM

[Opinión] Ruge Leona, por Cecilia de Orbegoso


No sabía cómo decirles que, ante este escenario y dado lo surreal de mi repertorio, era momento dejar de lado el destilado de arroz para pasar a algo más acorde, como un aguardiente.

El sábado pasado fui a comer con un grupo nuevo de amigos que tenían tanto de simpático como de variado: Una chica de Budapest, un argentino, un chico de Dubái y un chico mitad francés, mitad portugués. Ellos, con ánimos de darme un poco de material para esta columna, empezaron a contar tanto anécdotas de vida, como todo drama amoroso que se les cruzaba por la cabeza. Debo confesar que el material que me dieron, con un poco de sazón, podía tener bastante potencial. Todo iba muy bien y, mientras daba unos sorbos a mi sake, escuchaba de lo más atenta. Ya estábamos a media botella del licor japonés cuando uno de los muchachos me mira y me dice “ahora tú cuéntanos alguna de tus historias”. No sabía cómo decirles que, ante este escenario y dado lo surreal de mi repertorio, era momento dejar de lado el destilado de arroz para pasar a algo más acorde, como un aguardiente.

Les solté un par de historias de lo más "mantequilla", ya que recién los estaba conociendo, así que de a primeras tampoco los quería espantar. Pero una vez terminada la reunión, ya acostada en mi cama, hice un recuento de las muchas historias que, no por nada, he terminado titulando como fábulas. Me encontraba en medio de mis (muchas veces inverosímiles) reflexiones, cuando fui interrumpida por un mensaje de mi buena amiga Alejandra. "Hola Leona, ¿vas a ir a tu casa esta navidad?", y lo primero que pensé fue "¿cómo había podido dejar de lado una historia como esta?"

Un viernes 23 de marzo de hace muchísimos, pero muchísimos años, mi amiga Bea, quien me estaba visitando, se había quedado fascinada con mi más reciente repertorio de zapatos. En ese verano se habían puesto de moda una especie de zapato plano estilo “ballerina” y mi mamá, engeridora como ninguna, me había comprado absolutamente todos los prints, colores y variantes que encontró en mi (poco sutil) talla. 

Yo, como buena amiga cooperadora que soy, rápidamente llamé a un taxi con dirección al Ripley de las Begonias, en San Isidro, donde ya había calculado que encontraría la variedad más amplia.  Parece que las tendencias y el marketing ya habían hecho de las suyas, ya que para mala suerte de mi amiga no quedaba ninguno de sus favoritos. Mientras tanto yo, insaciable, ya le había puesto el ojo a otro par de zapatos que, sin vergüenza alguna, había terminado comprando. Pero, cinco minutos después, tras mi extremadamente realista recreación de una Carrie Bradshaw cegada por su adicción a los zapatos, me sentí un poco corta al notar que mi amiga salía con las manos vacías, así que la convencí de probar suerte en el Ripley de Miraflores, y ya que íbamos a estar por la zona, ir a Larcomar a dar una relojeada.

Al salir de la tienda, por una mezcla de apuro e ingenuidad (por no decir otra palabra) nos trepamos rápidamente al primer taxi que paró frente a la calle. Bien felices y campantes nos encontramos las dos sentadas. Bea, por su lado, hablando por teléfono con su mamá y yo, por el mío, fascinada con mi nuevo par. El taxista tomó una ruta para nada fuera de lo normal, sin embargo 5 minutos después, mientras este iba pasando de una avenida luminosa a una calle sinuosa, el motor empezó a fallar.  "Ay señoritas, un segundito que el carro se apaga...no sé qué pasa” … y antes de que pueda inundarnos la pena de su infortunio, un muchacho de camisa roja ya se había trepado al carro y posicionado entre Bea y yo en menos de un segundo. “Disculpe señor, esto no es colectivo” le dije yo... (Segundo acto de inocencia de la noche). El hombre, bastante jocoso, nos mira, sonríe y nos abraza, mientras aclara “señoritas, buenas noches, no sé si se han dado cuenta, pero están en medio de un asalto”. Yo, pensando en lo utópico de esta situación, pensé que me hallaba metida en una especie de broma de cámara escondida.

El minúsculo sujeto, gracias en parte a su napoleónica fisionomía, se veía resguardado por un arma no menor (a cual, hoy por hoy, tengo grandes dudas de que haya estado cargada). Bea, por otro lado, empezó a soltar una impresionante sarta de alaridos en un incluso más impresionante rango vocalFue así como el bonachón malhechor, un tanto nervioso por tanto escándalo, le metió senda cachetada, mientras que yo no dejaba de pensar “¿este no es el momento donde deberían salir las cámaras?”. 

Dado que ni el chapulín colorado, y mucho menos algún canal televisivo, venían a nuestro rescate, decidimos ser de lo más obedientes. Un ejemplo de mujer sumisa: derechitas, calladitas, quietecitas.  

No obstante, tengo que aceptar que bastante gracia tenía dicho galifardo. Las bromas nunca cesaron. Su compinche, el chofer, daba más vueltas por el distrito que el gusanito de Play Land Park, mientras que el querido enano de camisa roja revisaba nuestras carteras a ver si se topaba con algún tesoro. El pobre, más ingenuo que yo, no tenía la más remota idea de que ganas no me faltaban de ponerme a buscar con él a ver si juntos encontrábamos algo que valiese la pena dentro de mis paupérrimas pertenencias.

Al llegar a las billeteras encontraron un par de tarjetas, a lo cual nos pidieron tanto DNI como claves. Justamente ahí el carro nuevamente volvió a “fallar”, esta vez para darle nuestras tarjetas y datos a la otra parte de la banda, quienes después de una hora llamarían al dúo dinámico a confirmarles lo que nosotras ya muy bien sabíamos: por más que los plásticos de esas tarjetas fueran azules, las cuentas detrás hace mucho que estaban en rojo. 

“Bueno señoritas, déjenme decirles que sus claves han sido aceptadas, pero si hubiésemos sabido que tenían tan poco en el bolsillo otra hubiese sido la elegida, definitivamente hubiésemos pasado de ustedes". Sin embargo, durante la hora que tomó la gestión, debo confesar que tuvimos un trayecto de lo más utópico. Después de que Bea, por cuestiones de fuerza mayor, tuviera los nervios (y por ende los llantos) controlados, para romper el hielo, tanto el malhechor apasionado como nosotras nos relajamos un rato y empezamos con las bromas. Y como no, para variar, tenía que ser yo el centro de atención. Llegado un momento determinado, el simpático galifardo mira mi chic outfit (el grito de la última moda del animal print y los distressed jeans), me mira a la cara consternado y, a lo condorito exigiendo una explicación, me pregunta "¿y tú? leona eres". “Sí señor”. “Ah, ¿sí?  a ver, ruge pues leona, ruge”. Y debo confesar que en ese momento volvió a mí la esperanza de que en algún lugar de esa carcacha estuviese escondida, cual polizonte, una cámara. 

Al ver que este ficticio paparazzi se hacía de rogar, no me quedó más que soltar mi mejor rugido, rompiendo el frágil hielo que quedaba ente los ocupantes de ese taxi. Mi amiga Bea soltó melódicas carcajadas, a lo que el simpático galifardo contestó “cállate o te meto otra cachetada”. “ya, sh sh sh. Ya me callé”. Parece que mi felina interpretación los había dejado con ganas de más ya que me demandaron que la repita una vez más. Mi alter ego de gata fiera, fascinada por los aplausos, destronó a cualquier rey de la selva, mientras que Bea no daba más, era tal su regocijo que de la risa se puso a llorar.  

Un par de horas después, aún transitando por las rutas de lo surreal y después de un par de preguntas un poco incomodas las cuales nos fueron fácil bandear, el colorado galifardo nos abraza y nos dice, “bueno señoritas, ha sido un gusto tenerlas hoy a bordo de nuestro bólido”. Considerados ellos, nos dieron instrucciones de cómo llegar nuevamente a nuestro destino final. Sin embargo, ya que nos estaban liberando en plena carretera panamericana, un par de kilómetros más y hubiéramos estado felices de la vida juergueando en Asia.

Yo no había ni terminado de bajar del carro y tratar de revisar la placa a ver si nuestros anfitriones dejaban una señal bajo la marca, cuando veo a Bea, llorando desconsolada y, según ella, protegida dentro de una ramada de carretera. Había convencido a un bodeguero para que este le regalase un sol, el cual pasó a ser nuestro más preciado recurso, sumado a un sucio teléfono público. En ese momento le sugerí, “Bea, hay que llamar a mis papás”, mientras que ella, a falta de un clonazepam y en las épocas en las que el yoga aún no se había convertido en un trending topic, no le quedó más que tratar de controlar, a lo natural y poco eficientemente, su ansiedad: inhala y espira, cuenta hasta diez. Yo, al mando del auricular, me daba cara a cara con que ni mi papá ni mi mamá contestaban.

En eso Bea tuvo una de las ideas menos inspiradas de la década “llamemos al señor Erick”. Nada más y nada menos que el taxista de confianza de mis amigas de colegio, un señor de lo más confiable y amable, pero con la característica especial de ser sordo al 90%. Bea, al escuchar que el señor Erick le contestaba, desató su histeria y, mientras un llanto descontrolado burbujeaba fuera de ella como si de lava ardiente se tratase, el señor Erick contestaba “aló, ¿quién eres?, ¿Romina?” ”No señor Erick, soy Bea...Bea” se le entrecortaba la voz a mi amiga mientras hablaba, “¿aló? ¿Quien? ¿Pamela?” y dos minutos después de este poco productivo juego de las adivinanzas, se acabó el sol, ya no teníamos más crédito en ese teléfono.

Pero teníamos una ventaja: mi familia es Trujillana, la de Bea Chiclayana, así que se me prendió el foco y dije “Bea, vamos a llamar Collect Nacional” (ese primitivo recurso que solo funcionaba en provincias y el que te permitía hacer llamadas por cobrar). Intentamos con mi lado. Por las puras, nadie contestaba. Y sin embargo a Bea rápidamente le contestó su abuela. Cuento corto contactaron a mis papás y en menos de una hora ya estábamos sanas y salvas en mi casa.

De más está decir que Bea, que se estaba quedando conmigo el fin de semana estaba con los pelos de punta, por lo que, para estar ligeramente más aireadas, pasamos el fin de semana en la playa (tratando de evitar la juerga en Asia). Pero no pude evitar pensar en qué frágil pudo ser mi memoria, como dejé de lado una de mis más pintorescas hazañas. Bueno, a fin de cuentas, probablemente estos amigos hubiesen pensado que ese thriller era inventado.  Tal vez sea la voz de la experiencia, o tal vez simplemente la visión retrospectiva, pero después de haber reflexionando nuevamente sobre tal experiencia, no me queda más que decir que "Colorín colorado, lo apurado y lo barato, a fin de cuentas, sale mal y sale caro"...¡Grrrr! 


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