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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 12/12/2020 - 04:04 PM

[Opinión] El arte de la guerra, por Cecilia de Orbegoso


¿En qué momento dejamos de lado el concepto de costo de oportunidad? Agua que, aunque más quieras, no te vas a beber, ¡déjala para un domingo por la tarde y aprovecha los sábados y viernes para calmar la sed!

Podría decirse que el fin de semana pasado inauguré con broche de oro nuestra reinserción al mercado social. Aquí, en Londres, se levantó la segunda cuarentena y, a pesar de las aun presentes restricciones y como si de la “última juerga” se tratase, uno elige cuidadosamente a los 5 apóstoles con los que va a pasar la noche. Valga aclarar, toda parranda es legalmente aceptada mientras la fiesta no pase la media docena… y a lo cenicienta… a las 12 de la noche ya cada uno, calabaza, en su casa. 

Sin embargo, de vez en cuando, a uno le provoca romper una que otra regla – claro, clandestinamente. El jueves en la noche bien emperifollada me fui a una fiesta de disfraces. El tema era Rat Pack, ¡qué forma más glamorosa de romper la cuarentena y de paso celebrar anticipadamente la navidad! Viernes por la noche, el relojeo de rigor con mis amigas más bravas de la maestría ya que ningún Martini fue suficiente para celebrar la notaza que nos habíamos sacado en el caso anterior.  

El sábado, por supuesto, ya lo tenía reservado: noche de copas con unas amigas en un sitio tan clandestino y tan chic, que ni el COVID estaba en la lista de invitados. Sin embargo, ese mismo día en la tarde quedé en tomar un café con mi buen amigo portugués Marco. A pesar de ser excesivamente guapo, su mayor activo es el de ser tan sencillo y simpático. Nos conocimos hace un año en la añorada época donde, en cualquier fiesta, la densidad poblacional era usualmente de 10 personas por metro cuadrado.  

No había ni dado los primeros sorbos a mi café cuando las historias de Marco empezaron a sonarme ligeramente a periódico de ayer. Él, quien no escatimaba en contarme acerca de cómo disfrutaba de la atención femenina mientras al mismo tiempo mantenía prendida la luz verde de soltero, pasaba los fines de semana en “planes románticos” con sus amigas. A algunas de ellas yo ya las conocía, e incluso había llegado a ser testigo en carne propia de la territorial dinámica que había entre ellas.  

El viernes por la noche se había juntado con María, una chica búlgara, a ver películas, y el sábado por la noche iba a comer con su amiga Daniela, una australiana.  Yo, pensando en ellas, no podía dejar de preguntarme, ¿en qué momento dejamos de lado el concepto de costo de oportunidad? Agua que, aunque más quieras, no te vas a beber, ¡déjala para un domingo por la tarde y aprovecha los sábados y viernes para calmar la sed! En fin, no me quise meter, mal que bien, ese no era mi problema. Además, tenía que apurarme, ya que producirme como Dios manda es una titánica tarea.  

Pero esa noche, mientras intercalaba en una mano el rímel y en la otra la copa de champán, no podía dejar de pensar en que este modus operandi, lo había gozado ya. Un par de años atrás, antes de iniciar mi maestría, antes de la pandemia y en una rutina de vida que no me tenía tan ocupada, mi amiga Belinda y yo pasábamos casi todas nuestras tardes en la casa de Alex, nuestro vecino. Por alguna razón ilógica del destino nos volvimos muy amigos, ya que él, Pro-Brexit, nunca en su vida había tenido algún amigo latino. Cada vez que tenía una fiesta nos llevaba y, tanto para mí como para Belinda, su mayor atractivo era su cocina. Sin embargo, mientras nosotras éramos sus “convenidas” amigas mantequilla, había un par de chicas que se habían atrincherado y se negaban a sonar la retirada hasta haber quemado el último cartucho. 

Olivia, la presidenta del club de fans, le mandaba mensajes a diario para hacer un tracking de su potencial (y a la vez tan esquivo) galán, mientras que Carlota, un poco más sutil pero sin dejar de ser a la vez directa, los viernes a las 6 pm le tocaba directamente la puerta. Él, sediento de atención, vivía fascinado. No había película que viese solo y tenía la costumbre de pedir rutinariamente pizzas para dos.

Ni Belinda ni yo entendíamos esa dinámica, más si nos quedaba claro cuál era el juego que quería jugar ese muchacho. “Cuando veas que tu objetivo está saciado, hazlo sentir hambre”, claramente. Cuando una de ellas empezaba a salir con alguien, él, ansioso, les aumentaba la cuota de atención. Ellas, confundidas, dejaban de lado al nuevo prospecto para tratar de volver a la carrera con nuestro simpático vecino. 

Una vez que ellas volvían, él nuevamente las fidelizaba, generalmente sacando la carta de los celos y así logrando que nunca se terminaran de establecer en un rol más oficialAsí continuaba el ciclo vicioso que creaba Alex, quien al tenerle pavor a formalizar una relación con su soledad, cada cierto tiempo iba tirando maicitos para mantenerlas enganchadas. Ellas, por otro lado, con pocas ganas de resignarse al rol de concubina, pero más que dispuestas a atinar al de esposa principal, empezaron a forjar una directa rivalidad. 

Un día la tensión explotó y en una fiesta de cumpleaños, como si se tratara de una fantasía pasional, ambas, de los pelos, terminaron en el suelo. A pesar de que mi vecino hacía amagos de recuperar la calma, se notaba claramente que este estaba con el pecho inflado, más lo que ninguna de las guerrilleras había logrado notar era que Alex había puesto el ojo ya en otra muchacha.

Mientras estas dos chicas continuaban en pie de guerra, él había empezado a salir con una chiquilla nueva. A fin de cuentas, cada una jugó sus cartas de manera diferente, no le faltó a la jovenzuela más que un vistazo para darse cuenta de la situación. Como es bien sabido, "la mejor defensa es una buena ofensa". Ella, a diferencia de las otras, quienes castigándose entre ellas mientras el muchacho salía impune, lo confrontó e inmediatamente lo sacó de su juego.

Unos meses después, él, confundido y con miedo a perderla, saco el brillante de la paz, mientras que las otras dos muchachas fueron expectoradas de la escena sin mayores ceremonias… una se compró un perro, y la otra se fue a vivir a África. Tanto Belinda como yo,  mientras tanto, además de ganarnos con semejante novela, más de un año después nos encontramos buscando vestidos para el enlace matrimonial.

Sin embargo, tanto en el caso de Alex, como mi amigo Marco, si bien eran más que adeptos practicantes de los principios de “divide y vencerás” y “somete al enemigo sin entablar batalla”, creo que les falta hacer un update en sus respectivas estrategias, ya que pasaron por alto el importantísimo para vencer a tu enemigo debes convertirte en tu enemigo… a fin cuenta, solo hay una regla que nunca se rompe..."todo se vale en el amor y la guerra".  


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