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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 05/12/2020 - 06:55 PM

[Opinión] Última Des-conexión, por Cecilia de Orbegoso


Y aprovechando que Spotify nos está haciendo repasar nuestro 2020 musical, probablemente sea hora de evaluar cambiar nuestro playlist mental.

Un lunes por la tarde, en esos días en los que el trabajo es tan intenso que no le puedo contestar el WhatsApp ni a mi mamá, me di cuenta de que la pantalla de mi teléfono no dejaba de brillar: cinco llamadas perdidas de Camila, otra de mis vecinas. La urgencia se hacía notar, ya que no solo tenía llamadas de WhatsApp, sino también de teléfono normal y, viendo que no contestaba, había incluso llegado a dejar más de una nota de voz. "¿Qué le habrá pasado?" Pensé.

Al ponerme a escuchar uno por uno loaudios para tantear en qué grado de la escala de Richter se ubicaba su último terremoto emocional, me bastó menos de un minuto para identificar el epicentro. “Es un tío estupendo, nos reímos, vino el miércoles a mi casa a cenar y se quedó a dormir...sin embargo, ¡hay algo que no me parece normal” -¡uy! primera red flag- “no sé nada de él desde el viernes en la mañana” – ¡ay no!, otra damnificada de ese desastre natural de “le creíste el cuento a ese canalla”. 

Corté los audios y llamé a Camila, sintiendo que era mi deber moral tratar de hacer intervención en estos actos de desaparición que cada vez más se estaban transformando en una especie de patrón generalizado. Camila me comentó entonces como, entusiasmada, le había mandado un mensaje al susodicho para coordinar el encuentro de la noche (dando por sentado que de ahora en adelante sus viernes iban a ser de pernocte) para darse con la agria sorpresa de que su conversación de WhatsApp ni si quiera había sido abierta. “Le he mirado las conexiones, y ni siquiera se ha metido a WhatsApp. Cuando está conmigo me habla como si quisiera una relación, pero después no entiendo por qué tarda tanto en responder”.

Cuando el galán reaparecía generalmente lo hacía con una excusa, cada vez más repetitiva, acerca de cuánto lio tenía encima.  Mientras Camila me seguía contando con lujo de detalles las mil y una noches en las que se había quedado en vilo esperando que una notificación súbitamente entrara en su pantalla, yo no dejaba de sentir udéjà vu tan potente que me perturbaba.  

Efectivamente, frente a esta especifica situación sobre muchachos y sus intermitencias en nuestras vidas, hace bastante que yo había perdido la virginidad. No a primera mano, valga la aclaración, pero sí a primer oído me había cruzado múltiples veces con ese Homo sapiens que por dárselas de sapo debería haber evolucionado ya hace mucho hacia el siguiente eslabón para volverse Homo finitus. Ojo de loca no se equivoca, en especial al tratarse un exceso misterio e intermitencia. Dicho de manera burda, esos hombres que están y no están, normalmente tienden a sufrir no de una falta de presencia, más sí de un exceso de ellas, si me dejo explicar.  

“Seguro estará ocupado. Creo que no es de mirar mucho su celular, pero igual es una desconsideración, si sigue así me va a costar mucho acoplarlo en mi vida social”.  Según la escuchaba no podía dejar de pensar que, ante ese escenario, en lugar de acoplar, el único verbo que deberíamos estar conjugando es expectorar”. Y mientras Camila seguía aferrada a la falaz racionalización que le permitía seguir viviendo bajo una mentira, ese dichoso recuerdo que desde hace rato se insinuaba en mi memoria paradójicamente hizo acto de aparición. 

Efectivamente, un año y medio atrás fui el equivalente al Valium que mi amiga Victoria necesitaba a gritos. Nuestras dinámicas de domingo, que habían empezado con propósito de chisme, habían mutado a una tarea más criptográfica que descifrar la piedra roseta, ya no se trataba de interpretar mensajes escondidos, sino de racionalizar manifestaciones no habidas.  

En ese momento Victoria se encontraba saliendo (según ella) con un verdadero galán: caballero a la antigua, un verdadero Lord inglés (literalmente hablando en este caso, ya que el sí ostentaba el prefijo de honorable). Este hombre de lo más atento tenía a Victoria fascinada. Recuerdo como un día me contó emocionada sobre las mil y una formas en las que este hombre la cortejaba. Por ejemplo, una noche mientras estaban comiendo en un restaurante de tapas español, el galán, al ir al baño, encuentra a todos los mozos alborotados: ni el ni Victoria se habían dado cuenta de que María Sharapova se encontraba sentada en la mesa del costado. Ya que el hombre era asiduo a ese lugar, uno de los mozos con confianza se le acercó y le dijo “¿no se ha dado cuenta quien ha estado sentada a su costado?”, a lo que él, galante, contestó "¿para qué mirar al costado?¿acaso ustedes no se han dado cuenta lo que yo tengo al frente?". Y a pesar de que esa noche haya sido victoriosa, la verdadera victoria para Victoria llegó cuando el muchacho le confesó que la había idealizado como la esposa perfecta. Pero, colorín colorado, como en toda fábula urbana, es muy eficiente el villano cuando quiere dárselas de héroe.  

Bastaron un par de semanas para que poco a poco fuera desapareciendo. Cada vez contestando menos, cada vez más “ocupado” y, coincidentemente, los fines de semana siempre estaba “complicado”. Qué vergüenza le daría aceptar hoy a Victoria la cantidad de horas perdidas mirando el estatus del hombre en WhatsApp y el enorme pavor de meterse a su chat y ver que podría estar en línea hacía que su adrenalina se dispare increíblemente.

Victoria estaba tan embobada que racionalizaba hasta la excusa más evidente con tal de prolongar una relación sembrada sobre la tierra menos fértil: regó y regó esa semilla, pero esta nunca germinó. A pesar de al principio no entendía qué era lo que había hecho mal, no hizo falta más que un poco de paciencia para darse cuenta de la verdad. Después de todo, por algo es dicho que en todas las historias el tiempo es siempre el personaje más eficiente. Un día, de casualidad, vio al susodicho en una foto en una red social y un bling bling le llamo la atención. En ese momento hizo catarsis: no era que el hombre estuviera ocupado, era que el hombre estaba casado.  

Después de darme el lujo de perderme en ese recuerdo por un momento, mi mente se volvió a enfocar nuevamente en Camila. “Me haré la difícil para que se dé cuenta” -"¿cuenta de qué?" le preguntaba - "¡de que se muere por mí!". Yo, alterada, le respondía "¿De verdad crees que por muy ocupado que esté no tiene tiempo alguno para, aunque sea darte una señal de fe?", y mientras Camila continuaba haciendo esfuerzos para evaluar la validez de nuestras hipótesis de acuerdo a lo que para ella era la opción más favorable, no pude evitar pensar en la racionalización de nuestros aferros y el exquisito dolor de querer a alguien que es inalcanzable.  

Y, en retrospectiva, si bien la actitud de ambas de mis amigas parecía de lo más incoherente, que tire la primera piedra el que nunca se haya ilusionado. A fin de cuentas, esa es la magia de las migajas: cuando el personaje en cuestión lo hace “bien”, sí que engancha, y cuesta mucho desprenderse de él. A algunos les encanta enamorar, mientras otras ilusas creemos que vamos a ser nosotras las que lo vamos a hacer cambiar. Y aprovechando que Spotify nos está haciendo repasar nuestro 2020 musical, resaltando nuestras canciones favoritas y restregando en nuestra cara los éxitos que dejamos pasar, probablemente sea hora de evaluar cambiar nuestro playlist mental. 



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