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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 17/10/2020 - 01:19 PM

[Opinión] El jardín del vecino, por Cecilia de Orbegoso


La vida es, al fin de cuentas, como una caja de espejos: refleja hasta el más mínimo detalle lo que está ocurriendo en otro lugar, solo que perfectamente al revés.

Hace unos días una amiga de la maestría, en pleno break, nos contó que ese galán que ella tanto había “trabajado” desde hace más de un año, ¡al fin la había firmado! "Chicas, ahora tengo enamorado" nos comentaba sonriendo. Mientas unas veíamos esa noticia como gran fuente de alegría, Nicoletta, una italiana de mi clase, dejaba relucir un semblante ligeramente más verde que el resto de nosotras.

¿Qué había pasado? Nicoletta había caído en uno de los pecados más antiguos del tiempo. El galán de esta primera amiga era un “señor partido”: exitoso, logrado y, sobre todo, muy conocido. La pobre Nicoletta, quien hace tiempo estaba con galanes que dejaban bastante que “desear”, sintió como la envidia le corría las venas. 

En algún punto de la noche me confesó “¿Por qué ella y no yo?” Yo, que no buscaba hacer rol de pitonisa, más sí de buena amiga y, de paso, psicóloga amateur, trataba amilanarla un poco explicando que, mientras Nicoletta tenía cientos de ofertas laborales, nuestra querida amiga, a quienes sus padres le habían pedido explícitamente que se mude fuera de su casa y que desde hace un año trataba de conseguir ineficientemente cualquier tipo de trabajo (ni siquiera un puesto de practicante le ofrecían), me había llamado llorando más de una vez, ya que sentía que no tenía absolutamente ningún riel “encarrilado” en su vida. Imagínense mi felicidad al enterarme de que, por lo menos, algo se le había concretado en el plano emocional. 

Efectivamente, la calle está dura. Lo escucho siempre y, si bien esta visión varía  dependiendo desde qué arista uno mire esa calle, esa verdad no deja de ser una constante. Si eres mujer soltera, no hay galán. Si eres casada, no hay trabajo ideal… Así sucesivamente, como un querido amigo constantemente me repetía: el jardín de al lado siempre es más verde. 

Un par de horas después, dentro de la misma noche, conversé con una de mis mejores amigas de Lima, Maricarmen. Nos conocemos hace más de una década y nuestra amistad surgió en las primeras prácticas que tuve que hacer ni bien entrada a la universidad. Coincidimos en un conocido banco, en donde ella había estado trabajando por casi cinco años.  Maricarmen era mi confidente, y la confianza era mutua. Nuestra comunicación era una ida y venida de affaires emocionales, chismes laborales, quejas familiares, y demás banalidades.  

Me había contado hace un par de meses que se había puesto como meta cambiar de centro laboral. Pero, como dije hace un par de párrafos, la calle, no importa desde qué ángulo se vea, está más que dura. A pesar de su búsqueda implacable no encontraba absolutamente nada. Más de una vez me llamó completamente frustrada “¡tiempo al tiempo, amiga!" yo le contestaba, "¡algo aparecerá ya!” mientras que, privadamente, no dejaba de cuestionar cada vez más la capacidad que tengo para invocar.  

Hablamos periódicamente. Según nosotras andamos aburridas, pero cada dos días aparece un chisme que hace que nos pongamos al día. Hace poco me llamó bastante agobiada. A una de sus colegas, ligeramente más novata, le habían ofrecido el trabajo de sus sueños. Maricarmen me llamó devastada. Yo, que la entiendo, solo quería ser objeto de consuelo, así que traté de hacerle entender que esta era una noticia maravillosa (por más que una bote fuego de la boca). Además, había que ver la situación en un plano de 360 grados. Macarena tenía la familia ideal, un esposo maravilloso, tres hijos gloriosos, una casa perfecta de la que cada vez que entrabas emanaba un olor de horno caliente y galletas.  

Por otro lado, la colega recientemente divorciada de un matrimonio que duró menos que el de Kim Kardashian, se enfrentaba con la dura realidad de darse cara a cara con una ciudad en la que una de las tareas más difíciles es la de poderse reinventar. Mientras que Maricarmen se secaba las lágrimas de una entrevista laboral para la que nunca la habían llamado, su colega sufría diariamente por el añoro de ser recibida a diario por una casa vacía y del nido que nunca llegó a llenar.  

Se me vino a la cabeza, entonces, nuevamente en ese querido amigo y su teoría del jardín del vecino. Efectivamente, mientras que en algún lado del hemisferio es otoño y caen las hojas, en otro es primavera y todo florece. Todo depende de cómo se mire el asunto. La vida es, al fin de cuentas, como una caja de espejos: refleja hasta el más mínimo detalle lo que está ocurriendo en otro lugar, solo que perfectamente al revés. O tal vez se parezca más a un caleidoscopio, con todos sus trucos y efectos ópticos que transforman completamente la imagen dependiendo de cómo se juegue con la luz de dicho objeto.

No pude evita pensar, ¿no es acaso esa nuestra realidad? Mientras lo que para una es rutina, para la otra es la validación máxima de vida ¿será que es momento de evaluar nuestros logros en términos absolutos y dejar de compararlos con los hitos de los demás? A fin de cuentas, es la mano y muñeca del dueño la única responsable de que el caleidoscopio sea capaz de reflejar infinitas combinaciones multicolores que nos dejen con ganas de seguir soñando.


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