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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 19/09/2020 - 02:43 PM

[Opinión] ¡Si! ¿Acepto?, por Cecilia de Orbegoso


Un matrimonio que se cancela antes de llegar al proceso de planificación no tiende a ser de conocimiento público. pero al mismo tiempo me cuesta pensar en las razones que debe tener alguien para pasar por el absolutamente exhaustivo proceso de organizar tal evento si es que cabe en su cabeza la menor posibilidad de que todo ese esfuerzo no vaya a terminar en algo concreto.

Ayer, buscando un poco de ruido blanco como compañía mientras pasaba a limpio unos artículos de trabajo, decidí poner desde cero la tan conocida serie noventera friends. En la escena inaugural, Rachel, quien en sus pininos la retratan como a una rubia engreída y carismática, llega corriendo y alborotada a la cafetería Central Perk, como toda novia vestida de blanco, pero curiosamente empapada por una mezcla de tanto lluvia como llantos. ¿Qué había pasado? En lugar de ir al paso de la marcha nupcial, ella optó por seguir la menos conocida “tocata y fuga”, dejando al pobre novio esperando en el altar. Ella por su lado, con sentimientos que ondulaban entre el agobio y la liberación, se había dado cuenta de que no estaba completamente enamorada, así que, muerta de miedo, optó por la opción de empezar de cero.

Me acordé entonces de mi amiga Victoria. Estudiamos juntas en la universidad y, conforme pasaban los años, ella iba desarrollando una habilidad única para el campo de la innovación y tecnología. Muy pasional, cuando estaba con alguien se entregaba en cuerpo y alma. En un momento en el que se encontraba con el corazón hecho trizas por culpa de alguno de sus ex que había terminado con ella de forma dramática, apareció en su camino Eduardo, la anestesia perfecta.

Aunque este nuevo galán no encajaba en el tipo de chico que normalmente buscaba Victoria, ella, empeñosa y cariñosa, se mostraba de lo más comprometida y encantada. Mientras que él, caballero, la llenaba de detalles y se mostraba profundamente enamorado.

Conversando sobre carreras, trabajos y los respectivos postgrados, Victoria me comentaba lo ilusionada que estaba con un programa adhoc a su perfil en California. Por otro lado, Eduardo había sido aceptado en un máster en Barcelona. "Bueno" le dije yo, "ahora no pasa nada con la distancia, tienes Facetime, Zoom, WhatsApp, además cada vez es más fácil irse a visitar" "no soy como tú, tú eres muy fría, yo no creo que la distancia se pueda compensar con la bendita telefonía. Además..." contestaba, "¿además qué?" le preguntaba yo. Y luego un silencio penetrante se robaba la palabra. Victoria no quería decir en voz alta lo que sentía: que a fin de cuentas no estaba tan enganchada, pero ya había metido la mitad del cuerpo a la piscina.

Pocos días después, Eduardo la invitó a comer a un sitio muy elegante. Y en plena cena romántica, bajo la luz de las velas, le hizo esa ansiada y (en algunos casos) tan temida propuesta. Con la mano izquierda le hacía un gesto de cariño, mientras que con la derecha le mostraba un anillo. ¿Te quieres casar conmigo?  Victoria, aun en shock por la sorpresa, solo pensaba en la perfecta polarización de su situación.  No estaba preparada para decir un sí, pero tampoco era capaz de decir que no, ya que, aunque no estaba lista para dar ese gran paso, más tampoco quería terminar su relación. “¡Si!” fue la respuesta, seguido por un selfie de rigor, con el que podía sacar un poco de pica en sus grupos de WhatsApp haciendo alarde del semejante rocón.  

Repentinamente, la posibilidad de estudiar en California empezó a verse cómo una opción cada vez más remota, mientras que estudiar en Barcelona junto a su prometido empezaba a sonar como una decisión mucho más sensata. Tomaron la decisión de irse juntos, ella buscaría matricularse en algún curso y concretarían el enlace a las pocas semanas de graduarse. 

Conforme la adrenalina de la mudanza y la novedad de las clases se iban disipando, la relación se iba enfriando y cada vez que hablaba con ella sentía más y más revuelta su cabeza. Tocando el tema de su inminente boda, me confesó que no tenía nada planeado, ni siquiera había ido a mirar vestidos “¿Estás dudando de tu decisión?” preguntaba yo, al otro lado de la línea. “¿Apuestas por un futuro con él, o es que en el corto plazo es más fácil que estar sola?” Cual sea que haya sido la respuesta, la verdad era que, conforme se acercaba la meta, tanto ella como yo estábamos convencidas de que ningún truco matemático, ni libro de Baldor iba a lograr que ese “uno más uno” llegue a sumar dos.  

Una noche antes de finales, Eduardo llegó al departamento cerca de Paseo de Gracia y, al entrar a la cocina, vio una hoja de papel junto al refrigerador. Era una nota de Victoria. En ella decía que lo sentía mucho, pero no podía. Había empacado sus maletas y esa tarde se había ido de la casa. Ese papel de ninguna manera el mejor sistema para terminar la relación, pero a pesar de haber sido una forma muy cobarde para decir adiós, sí estoy convencida que algo de agallas hay que tener para tomar esa decisión. Además, debo confesar, su pena fue de lo más efímera, ya que Victoria al poco tiempo ya estaba con alguien nuevo... Me queda la duda, si se hubieran casado, ¿cuánto habría durado? 

Probablemente lo mismo que mi otra amiga, Marta, la cual el mismo día de la boda tenía tantas dudas que cambió el agua de azar por alprazolam. Sin embargo, su papá le dijo “ya estas acá, te tienes que casar”. Hoy por hoy le decimos Kim Kardashian, no por la voluptuosidad de sus curvas, sino por haber tenido un matrimonio que no llegó a completar ni una temporada. 

Otras conozco que, más osadas, se han quedado con la fiesta completamente panificada. Y no me di cuenta de qué tan común es esta ocurrencia hasta que llegó a mí el recuerdo de la cantidad de amigas que cambiaron de opinión con muy poco margen de tiempo antes de decir el “sí, acepto”. 

Dado el COVID, este año no va a pasar a mi contabilidad, pero en el 2019 reciclé 4 veces un mismo regalo, que a fin de cuentas nunca llegó a tener destinatario. Cuatro de mis amigas más cercanas, roca en mano, partes repartidos, vals ensayado y vestido entallado, decidieron que aún no estaban listas para desfilar hacia el altar y cancelaron rotundamente todos sus planes. Fue un año marcado por una cancelación trimestral. Me cuesta creer que haya sido casualidad, pero me quedan dudas sobre si puede considerarse como algún patrón en particular. 

No pude evitar pensar, ¿a qué se debe el cambio de decisión? ¿por qué desde un comienzo no apuntaron mejor? Puede que esté intentando sacar conclusiones con una muestra sesgada. Después de todo, un matrimonio que se cancela antes de llegar al proceso de planificación no tiende a ser de conocimiento público, pero al mismo tiempo me cuesta pensar en las razones que debe tener alguien para pasar por el absolutamente exhaustivo proceso de organizar tal evento si es que cabe en su cabeza la menor posibilidad de que todo ese esfuerzo no vaya a terminar en algo concreto. 

¿Se deberá a una falta de introspección, tal vez? ¿incompatibilidad de caracteres? ¿O es un tema de expectativas cruzadas? Mal que bien, las razones son infinitas y las situaciones son muy distintas, pero sí algo debe rescatarse de estas desafortunadas situaciones, es la valentía que debieron tener todas estas chicas para, ya estando a un paso de la meta, perderle el miedo a darse cara a cara con las implicancias de empezar de nuevo. 




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