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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 22/08/2020 - 01:28 PM

[Opinión] La línea del tiempo, por Cecilia de Orbegoso


No pude evitar pensar nuevamente en la vida en el más allá, ¿será que es ahí donde uno recién, plenamente, empieza a vivir?

Dicen por ahí, que solo dos cosas son seguras en esta vida: la muerte y los impuestos. Y sobre esta primera, ciertamente, desde que empezamos a vivir también empezamos a morir. Por ello, creo yo, una de las preguntas más antiguas y a la vez más humana que existe es si hay vida después de la muerte. Motivados por ese gran miedo que es a su vez tan grande interrogante hemos pasado milenios buscando incontables respuestas a una hipótesis que nunca podrá comprobarse mientras se tenga vida.  

Socialistas hasta que se enriquecen, feministas hasta que se casan y ateos hasta que se cae el avión, una cosa es innegable: cuando la muerte toca la puerta, por seguro que no hay rezo alguno que la pare. Sin embargo, lo opuesto también es cierto. Cuando a uno aún no le llega la hora, por más que parezca imposible, llega a ser el único pasajero del avión que se salva. 

Gracias a los testimonios de algunos “suertudos” que se encontraban haciendo fila en el gate hacia “el más allá” pero que por alguna caprichosa razón nunca se pudieron embarcar, es que tenemos una vaga idea de lo que nos espera cuando nos acercamos a tocarle la puerta a San Pedro.  

Mi papá, probablemente, un hombre con un historial cardiológico tan grande que su archivo clínico se encontraba dividido por tomos, nos había comentado un par de veces lo que se sentía cruzar el umbral de la vida y la muerte. Y tanto él, como el 46% de los pacientes que sobreviven a un paro cardiaco, se dan el dudoso lujo de poder, plácidamente, describir ese momento en el que estuvieron clínicamente muertos, justo antes de ser reanimados, como uno de sus sueños más profundos. 

Hace un poco más de diez años, en un martes de junio, mi mamá estaba en el consultorio de Carlos, nuestro vidente (o “lector de almas” como él muchas veces se describe) de cabecera. Él, bastante preocupado, le preguntó “¿quién es Mariana?”, a lo que mi madre, algo confundida, responde que se trataba de su hija. “No”, le respondió Carlos, “¡es un alma desesperada! Me pide a gritos que te diga que antes de agosto tu esposo necesita una caja, ¡parece que es de vida o muerte!".

Mi mamá, preocupada por tal premonición, necesitaba un poco más de claridad en la ambigüedad de información “¿Qué caja?” preguntaba. “No, lo sé, una cajita. Quien me habla es una mujer muy cercana a tu marido, que no debe tener más de 60 años”. Para mi mamá no hizo falta más para imaginar de quien estaban hablando: una de las primas más queridas de mi papá, la cual había muerto hace un par de años y en honor a quien habían bautizado a mi hermana. Sobre la caja en cuestión, dado el historial de problemas al corazón, lo primero que hizo saliendo de su sesión fue llamar al doctor.  

 Lo que siguió a continuación fue un mes entero de entradas y salidas a la clínica para probar en él cuanto test se pudiese hacer, sin que mi papa sospechase la verdadera razón.  Un sábado, casi de a finales de julio, mi mamá nos pide a mí y a mi hermana Mariana Fortunata, que no dejemos de acompañar a mi papá en su prueba más complicada, la de esfuerzo. 

Nosotras dos, muy obedientes mientras hacíamos las coordinaciones para los planes nocturnos del sábado, esperábamos relajadas junto a la puerta de la sala de la prueba. Súbitamente empezó a sonar una alarma y, en un dos por tres, descubrimos lo que implicaba el famoso “código rojo”. Como si se tratase de un episodio de final de temporada de Grey’s Anatomy, un grupo de quince personas, entre enfermeros, doctores y un cirujano quien más de una vez lo había operado, corrían como estampida hacia la puerta junto a la cual Fortunata y yo nos habíamos sentado. No hubo ni un segundo extra para pedir algún tipo de explicación, pero salió la asistenta del cardiólogo a decirnos “el doctor Patricio ahora sale a hablar con ustedes dos”.  

Yo, que ya me había encontrado varias veces en este tipo de situaciones al límite, fríamente llamé a mi madre y le dije “mamá, ¿en cuánto tiempo creas que puedas venir? creo que mi papá acaba de morir”.  A los pocos minutos salió el cardiólogo a decirnos uno de los discursos más surreales que he escuchado en mi vida, “efectivamente, su padre ha muerto. Qué bueno que estuve al costado, lo pude revivir ipsofacto. Necesita urgentemente un desfibrilador especial. Este aparato, que acaba de salir al mercado y aún es un poco experimental, es muy escaso y solo hay uno en todo el mercado peruano. Ya lo separé. Además, a nuestro alcance, hay un solo doctor que lo sabe poner. Vive en Texas, pero dado que es peruano y por ser fiestas patrias, llega mañana a Lima. Ya me comuniqué con él y está lista toda la gestión. El lunes le hacemos a tu papá la operación”.  Una semana después, mi papá y yo recibimos agosto en una fiesta en Trujillo, pero esta vez, además de tenerme junto a él, traía consigo una “cajita” bajo la piel. 

Sucesos como estos me terminaban de convencer de que, efectivamente, sí hay vida después de la muerte. Pero aún me quedaba la duda sobre qué tipo de vida. Muchas personas tienen la creencia de que aquellos que amamos y fallecen, a veces siguen entre nosotros y son precisamente quienes nos cuidan, aunque no los podamos ver ni sentir físicamente.  Hace un poco más de un año, mi papá, quien contra todo pronóstico genético era un sobreviviente y, gracias a los avances de la medicina, el hombre de la familia que más pudo extender su paso por esta vida, nos dejó físicamente. Y, así como lo tengo muy presente, no puedo evitar todos los días mirar al cielo y preguntarle, ¿te acordarás de mi así como yo de ti? 

Cuando alguien cercano se muere, la única esperanza medianamente racional que nos queda es imaginar que sigue deambulando alrededor nuestro, mudo e invisible, en forma de energía, dándonos señales. Hace tres días, en mi ruta diaria cerca a mi casa, pasé por una librería por cuya fachada camino todos los días, solo que esta vez un ejemplar llamó mi atención. Habían puesto en una vitrina un libro que hablaba sobre el dossier secreto de Hitler. – A mi papá (un aficionado a la historia y en especial a la segunda guerra mundial) le hubiera encantado-, fue lo primero que pensé, pero ya que estaba apurada seguí caminando. Un par de cuadras después, sin dejar de pensar en el libro, di media vuelta, regresé y lo compré por 5 libras. “Estoy segura de que voy a encontrar el tiempo de leerlo” pensé. Retomado nuevamente mi camino, me invadió una sensación de gusto que hace tiempo no sentía, y casi en la puerta de mi casa, bajé la mirada. Oh sorpresa, en el suelo yacía un billete completamente nuevo de cinco libras. 

Me di cuenta entonces de que, mediante señales, me trataba de decir que también él siempre pensaba en mí. Y no pude evitar pensar nuevamente en la vida en el más allá, ¿será que es ahí donde uno recién, plenamente, empieza a vivir? Un mundo de dimensiones eternas y sin apuros, en el cual el encuentro con familiares y amigos es la mayor certeza y donde el recurso hoy más escaso y añorado, el tiempo, ahí es ilimitado. 


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