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Por: Redacción La Industria

ACTUALIDAD

Publicada el 01/08/2020 - 01:17 PM

[Opinión] La montaña de Mariana, por Cecilia de Orbegoso


Cuando Mahoma decidió que no quiso ir a la montaña, la montaña se encargó de meterse en el camino de Mahoma.

Gracias a la cuarentena y al home office, mi noción del tiempo está completamente distorsionada, y si no fuera por tanto post en Instagram probablemente no me hubiera dado cuenta de que me encontraba nada más y nada menos que en pleno martes patrio.  

Un sinfín de posts de ceviche, anticuchos, piscos sours o la Pilsen de su preferencia adornaban mis redes, acompañados del infaltable soundtrack de Eva Ayllón o Augusto Polo Campos y subidos por amigos quienes, orgullosos, lucían la infaltable Camiseta. Mientras tanto, los que se encontraban fuera buscaban consuelo en alguno que otro restaurante peruano, para que al menos el paladar tenga algún recuerdo de lo que es el sabor a casa.  

Quienes me conocen saben que soy hincha del pisco en todas sus versiones. Y no fue necesario mucho esfuerzo para que se me antoje un pisco sour bien hecho. Sin embargo, al aventurarme en mi bar, me di con la terrible sorpresa: Ya no me quedaba más. En ese preciso instante me llegó un mensaje de mi querida amiga Mariana, quien había encontrado una foto de las dos de la época en la que íbamos y veníamos de feria en feria, promocionando entre otras cosas, nuestro licor bandera.   

Muchos años atrás, Mariana se había convertido en una víctima serial de esas clásicas relaciones de ping pong: una constante ida y venida de terminadas y reconciliadas, en el tensísimo escenario de un tiempo complementario plagado de incontables sacadas de tarjeta amarilla, como si en los minutos pasados no se hubieran hecho ya suficiente daño. 

Cada vez que Mariana decidía que era momento de hacer walk-over, el competitivo difunto se levantaba, se ajustaba los chimpunes y volvía a la cancha, ya que ni bien sentía que se le enfriaba el cuerpo, decidía que era momento de resucitar y apostar por una última jugada. 

En un momento de iluminación Mariana le sacó tarjeta roja, tocó el pito final, postuló a una maestría, preparó sus maletas y se enrumbó en una travesía para la cual solo tenía boleto de ida. Ni bien llegada a su destino, se prometió a si misma que iba a poner en práctica la monogamia en esa relación que poco se había preocupado en cuidar: la que tenía con ella misma.   

El primer fin de semana decidió ir a un pub cerca a su casa. Ni bien al entrar por la puerta, lo primero que vio fue a Rafael, un guapo húngaro quien, al verla, quedó boquiabierto. La química fue inmediata, pero cuando este le pidió el teléfono, Mariana, fiel a sus recientemente establecidos, pero no por ello menos legítimos principios, le dijo que por nada del mundo se lo iba a dar. Él, confiado de sus encantos, le dijo “no te preocupes, el próximo martes a las 6 de la tarde yo te voy a esperar aquí, sentado en el bar. Y estoy seguro de que me vas a venir a buscar”. 

Ni falta hace decir que Mariana se pasó los siguientes dos días haciendo cuanto cálculo pudo para intentar convencer a su muy impetuoso subconsciente de la importancia de un abordaje pausado, pero como bien dicen, el destino no reina sin la complicidad tanto de la voluntad como del instinto. Así que, sin hacerse mucho de rogar, se dijo “total, ¿qué es una raya más a esta tigresa?”. Siendo un martes de “no te cases ni te embarques”, rápidamente sacó llaves y billetera, y se embarcó camino al encuentro con este muchacho. 

Hicieron click inmediatamente, como si de alguna película dominguera se tratara. Él cada día la miraba más embobado, mientras que ella, contenta, se dejaba llevar. Un día Rafael le confesó que, pese a ser de un lugar tan remoto y de paso nunca haberla pisado, Latinoamérica había sido su fascinación desde chico; y que, en el fondo de su corazón, siempre supo que iba terminar estando con una latina. A los pocos meses se mudaron juntos y pasado el año ya estaban casados, teniendo un enlace civil en Londres y una gran fiesta en Lima.  

Sin embargo, con el paso de los años, Mariana empezaba a cuestionarse si el momento de regresar a casa había llegado. Quería involucrarse más en el negocio familiar y empezar a planear su propia familia, objetivo para el cual esta ciudad se presentaba irremediablemente poco propicia.

“Vine, vi, vencí, ¿será ahora momento de decir me fui?”, se preguntaba. Y de ser así, para Rafael, ¿adaptarse será tarea complicada?  

A fines de febrero, Mariana y Rafael fueron por una semana de visita a Lima. Se encontraba tan a gusto que un miércoles me llamó a contarme que había sentido una corazonada y que se habían decidido ampliar una semana más su estadía. Un par de días después declararon emergencia nacional y con ello cierre de fronteras. No había ni una entrada más, ni mucho menos alguna salida. Trató de forzar su regreso, pero cada vez que encontraba algún par de espacios en un vuelo humanitario, estos inevitablemente se terminaban cancelando.  

Me llamó hace poco a contarme que no volvería. Estaba feliz, muy motivada con el negocio de su familia y Rafael, a pesar de sus preocupaciones, se encontraba mejor que nunca. Como golpe final a sus, ahora inexistentes, dudas me contó un secreto: “yo sé que no te gustan los bebes, pero por mi vas a hacer un esfuerzo: ¡vas a ser tía!” 

Sin saber lo que estaba armando, las piezas iban encajando en el rompecabezas de una decisión que ella sentía que era correcta, aún a pesar de no haberse atrevido a tomar la decisión consciente de dar el go ahead. Sin embargo, me quedé pensando, en qué tan sabio es el universo, el cual dispone solo cuando uno está listo y que muchas veces terminamos encontrando nuestro destino por los caminos que tomamos con la intención de hacer un desvío. En este caso fue más que evidente que, cuando Mahoma decidió que no quiso ir a la montaña, la montaña se encargó de meterse en el camino de Mahoma. 



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