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Por: Redacción La Industria

ACTUALIDAD

Publicada el 25/07/2020 - 04:11 PM

[Opinión] Pase peatonal, por Cecilia de Orbegoso


En lugar de andar preocupadas de si cogemos un taxi con la luz equivocada, ¿no deberíamos hacerle un poco más de caso a nuestro semáforo interno?

Un halago poco planificado puede ser un arma de doble filo, si bien su espontaneidad puede terminar siendo un punto a favor, cuando este está mal articulado definitivamente golpea con más fuerza que el Waterloo de Napoleón. Me pregunto entonces, ¿No será, acaso, estratégicamente más seguro quedarnos callados?

Le había prometido a mi amigo Panos, de la maestría, que una vez publicados los resultados del primer año íbamos a quedar una tarde, ya sea tanto para llorar como para celebrar. Afortunadamente la reunión tuvo nota celebratoria para ambos. Sin embargo, después de un par de horas de conversación y bastante chisme sobre los compañeros de clase, por tratar de halagarme me dice “que bien te queda ese nuevo look, definitivamente mucho mejor que antes, no estabas tan elegante” y yo, que sin lugar a dudas durante este encierro no había hecho cambio alguno en mi fachada, no sabía si agradecerle o reclamarle.

Después de ese disparo que le salió por la culata, ya en mi casa y aún un poco fastidiada, llamé a mi amiga Leticia para contarle las novedades y de paso hacer un poco de descargo. Ella, cambiando de tema, me vino con el cuento de que un ex saliente, quien ahora andaba emparejado por casi 5 años, le había tocado nuevamente la puerta profesándole un amor contenido en las cadenas de una insatisfactoria relación. “Por ti la dejo” le parafraseaba su reciente promesa de amor eterno; mientras que yo, más sabia por vieja que por diabla, le decía “este es un cuento al que inmediatamente le tienes que poner punto final”. Tratando de rescatar cualquier posibilidad de llegar a un final feliz, ella me comentó sobre la amiga de su amiga, la cual había tenido un affaire con un hombre casado el cual, cansado de su matrimonio, ya había sacado más de una vez los pies del plato.

Sin embargo, lo que para su amiga comenzó como una aventura pasajera, se había transformado en una historia que hasta en día de hoy perdura. Y mientras Leticia trataba de usar esa fábula urbana como ejemplo, le insistía yo “tu amiga es una en un millón, se cruzó en la vida del hombre en el preciso momento en que éste había llegado a la decisión de que era hora de hacer un cambio".

Y una vez colgado el teléfono, y a pesar de no haber logrado ningún resultado tangible, no pude evitar pensar en mi buen amigo José Miguel, un chico mucho bueno, alegre, auténtico, guapo y sobre todo caballero. José Miguel, como buen soltero codiciado, había tenido un sinfín de enamoradas, sin embargo, era motivo de burla, ya que con todas seguía un mismo patrón: presentación en sociedad, tomar juntos clases de cocina, francés y fotografía, hacer un viaje a una playa paradisiaca y, después de un año y medio de relación, así como si nada, poner una clásica excusa para una rotunda terminada.

Un verano conoció a Carmen, una chica encantadora, y entablaron una relación. Conforme esta avanzaba, José Miguel cumplía todos los pasos ya establecidos en lo que sus amigos hace mucho denominábamos como su “modus operandi”. Pasaron los meses y, como predicho, llegó el equipo culinario, la cámara y un pasaje a una isla caribeña. Carmen, muy bien advertida, entre broma y broma nos decía “cuando me llegue el momento a mí, por favor no dejemos de ser amigas”, pero el día D llegó y pasó, y dicho momento no parecía llegar. Un día Juan, uno de los amigos más cercanos de José me dice “José Miguel se va a casar”, “¡Wow, qué maravilla! Pero me queda la curiosidad, ¿Qué hizo Carmen distinto?”. “Nada” me respondió él “simplemente él tiene ahora la luz prendida”.

La teoría que este buen amigo me trataba de explicar era que el éxito en esta relación no se debía a la buena mano del destino, ni mucho menos a algún esfuerzo sobrehumano de parte de Carmen, sino al hecho de que había llegado para José Miguel el momento de la vida en el que los hombres deciden que ya es hora de estar disponibles. Juan, al darse cuenta de mi cara estupefacta, seguía "un día se levantan y deciden que es momento de asentarse, por ello, como si de un taxi se tratase, prenden su luz dispuestos a recibir pasajeros". "¿Cómo así?” Le pregunté. “Muy fácil” me dijo, “pueden estar manejando por años, ignorando pasajeros sin estar disponibles hasta que un día deciden prender su luz, y ¡listo! Están dispuestos a completar el trayecto acompañados".

Aun tratando de procesar la teoría de mi amigo, le pregunté "¿Así funciona?" "No oficialmente. Pero sí, básicamente". Por ello esto no era cuestión de destino, más sí de pura suerte: Carmen se había cruzado en el camino cuando él había decidido estar listo.

Y no pude evitar preguntarme, hablando del tránsito y sus luces, en lugar de andar preocupadas de si cogemos un taxi con la luz equivocada, ¿no deberíamos hacerle un poco más de caso a nuestro semáforo interno?, cuando tenemos a alguien al frente, ¿damos luz verde? En el caso de Leticia, ¿luz roja inmediatamente? ¿O encendemos precavidas la luz ámbar intermitente? ¿Para qué esperar que sea el sonido de un estrepitoso claxon el que nos fuerce a hacer un cambio inminente?


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