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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 20/06/2020 - 03:21 PM

[Opinión] Cuestión de suerte, por Cecilia de Orbegoso


Así como soy ferviente creyente de la importancia de la suerte, ya que podrá transportarnos al momento preciso en el que se abran las puertas, estoy convencida también, que la suerte, por si sola jamás te va a asegurar que estas se mantengan abiertas.

Hace un par de años alguien me describió como una persona que está siempre en el lugar indicado en el momento preciso, o, mejor dicho, una persona con suerte. Tocando el tema con una colega, ella me confesó que no solo no creía en la suerte, sino que el comentario le parecía ofensivo; ya que atribuirle sus logros a ese aleatorio factor sería equivalente a restarle valor a su constante esfuerzo. Yo por mi lado, fiel creyente de que el trabajo duro es obligatorio pero que la suerte es un ingrediente crucial para el éxito, no pude evitar pensar en el match point de un partido de Tennis; específicamente en el enorme suspenso cuando la pelota golpea el borde la red y durante una fracción de segundo no se sabe si va a seguir hacia adelante o caer hacia atrás. De esta manera, por más perfecta que haya sido la técnica, la preparación, la actitud, inclusive la tensión de las cuerdas de la raqueta, con un poco de suerte para el jugador la pelota sigue adelante y este gana, o no lo hace y pierde.

Hace exactamente dos años me encontraba con mi amiga Joanna camino al aeropuerto con el fin de ser parte del histórico evento, para los de mi generación, de ver en un mundial a nuestra selección. No sabíamos absolutamente nada de Fútbol y mucho menos de cómo funciona el sistema de puntos. Solo sabíamos que, en la ronda de eliminatorias, como país estábamos excluidos, pero que nuestra historia cambió por una queja de Chile y un gran golpe de suerte.

Sentadas en el aeropuerto mientras esperábamos salir hacia Moscú, ella se jactaba de que nunca había perdido un vuelo. Yo por mi lado había perdido varios, pero afortunadamente, siempre viajaba conmigo la suerte.

Le conté como 7 años atrás, junto a dos buenos amigos en Estambul, casi se nos "quema el pan en la puerta del gate". Después de haber cumplido con los procesos aeroportuarios requeridos en el tiempo debido, decidimos darnos un tiempo de relajo merecido. Esa noche teníamos que estar en Bodrum (un conocido puerto turco con más vida nocturna de la que me hubiera imaginado) a como dé lugar ya que nos íbamos a embarcar en un bote que zarparía, con o sin nosotros, antes del alba.

A pesar de que mis compañeros eran dos buenos ingenieros, sus cálculos no pudieron ser menos acertados. El avión se fue, y nosotros incautos seguíamos ahí tomando café. Al darnos cuenta de nuestra gran confusión y de que efectivamente hace un par de horas había partido el avión, fuimos al counter a ver si quedaba algo por hacer. Mientras nos informaban que colocarnos a los tres en el siguiente y último vuelo del día iba ser tarea difícil dado solo quedaban dos asientos libres, quien nos atendía actualizó el sistema y súbitamente encontró una cancelación. Ya preparados para una “operación sin anestesia”, calculábamos cuanto nos costaría la gracia cuando, al sacar las billeteras, él nos dijo "no se preocupen, que no es nada". Mientras miraba nuestras caras de sorpresa nos dijo “Sí, hoy empieza el Ramadán”. Camino a nuestro gate, esta vez mucho más atentos, investigamos un poco y dedujimos que el musulmán siempre tiene que ser generoso, pero lo es más en el mes de Ramadán, y sobre todo en su día inaugural. “¡Uff, que suerte!”

Dado que a Joanna y a mí nos quedaba aún media hora antes de embarcar, le conté como par de años después de ese suceso, y justamente en el mismo aeropuerto donde ambas nos encontrábamos, tenía que tomar un vuelo hacia Madrid para después subirme a uno con destino a Lima. Una vez en el terminal, no solo me di cuenta de que había sido capaz de meter casi 35kg en una sola maleta para un viaje con problemas de conexión (había comprado un tramo como María y otro como Cecilia) sino que, además, el tradicional “caos de aeropuerto” había llegado a niveles colosales: se había desatado una tormenta y se habían cancelado casi todas las salidas. 

Ya que siempre la tragedia genera simpatía no pude evitar hacer un par de amigos que tenían una situación parecida a la mía: un argentino que había viajado solo a ver un partido de Rugby y una colombiana quien pensaba que solo por caminar por Londres iba a encontrar a un Lord en cada esquina. Milagro divino, nuestro vuelo no se canceló, pero era casi imposible que llegase a tiempo a mi escala y con ello a mi destino final: Lima.

Mientras caminaba rápidamente hacia la sala de embarque, un español me quiso hacer conversación, y casi sin aire gracias al apuro, le conté mi situación. Me miró y me dijo, no te preocupes yo soy piloto de la aerolínea. Inmediatamente llamó a su colega en Barajas, me aseguró que el avión me esperaría, y que pierda cuidado por mi maleta, él personalmente la iba a buscar en la faja y se aseguraría de que en dos días esta llegue a la puerta de mi casa. 

No pude evitar preguntarme, si hubiera llegado 5 minutos tarde, o si hubiera sido otra la persona que me hablara, ¿cuál hubiera sido el desenlace? ¿Hubiera tenido esa suerte?

Ya en Moscú, después de haber gozado en carne propia la euforia peruana, nos alejamos un poco de la hinchada para ponerle una nota más glamorosa a nuestra travesía. Nos subimos a un Uber con destino al Bosco Café. Los intentos del conductor de hacernos conversación fueron apenas más exitosos que los de la Torre de Babel, pero lo suficientemente claros para que lograra preguntarnos de donde éramos y, después de decirnos “ahhh Peruski”, soltar un reglamentario piropo, en esta ocasión dirigido a mí. “Spasiva” le respondí mientras sonreía. 

El fin de semana terminó y, a pesar de no haber celebrado ningún gol, Joanna y yo nos separábamos, ya que mientras yo debía regresar a Londres, ella no planeaba perderse el siguiente partido peruano. Por mi lado, yo tenía que estar en el aeropuerto de madrugada, pero tras creer que había hecho todo con cuidado y a su debido tiempo, a medio camino sentí una corazonada. Había puesto en la aplicación del Uber un aeropuerto distinto al de mi partida y al no tener internet, el conductor molesto se rehusaba a cambiar el destino. No sé si fue el estrés de su día, las altas horas de la madrugada, el hecho de sentir que Uber no le iba a hacer el pago que merecía, o la inmensurable barrera de comunicación que había. Me aferré fuertemente a mi asiento, ya que el pretendía que me bajara del carro para ahí mismo finalizar el trayecto. Cuando ya no sabía que más hacer, llegó el giro inesperado, mientras el gritaba descontrolado, me miró por el espejo retrovisor, se quedó pensando un rato, para después relajarse y exclamar “Peruski!!” muy sonriente ¡Que coincidencia! Siendo Moscú una ciudad tan grande, tuve la suerte de tener no solo un conductor repetido, sino que además me hubiera reconocido. Colorín colorado, me dejó en el aeropuerto indicado.

Ya que asusta pensar cuántas cosas se escapan a nuestro control, una vez en mi casa "sana y salva" no pude dejar de pensar en el peso que tiene sobre nuestra vida la suerte, y sobre el eterno dilema de qué vale más ¿tener suerte o talento? ¿O probablemente un timing perfecto en donde una oportunidad surja de la combinación entre habilidad y suerte? ¿Tendremos que estar preparados para cuando estas dos decidan juntarse en su debido tiempo? o, al igual como mi conversación con ese piloto cuando andaba falta de tiempo y mis intentos de diplomacia con el taxista me terminaron inesperadamente salvando el día, ¿será que nosotros inconscientemente allanamos el camino para nuestra propia suerte Al auxiliar que nos dio ese regalo en el primer día de Ramadán, ¿será que al finalizar el día la suerte lo haya recompensado con creces gracias a su generosidad? No por nada existe el dicho “Dios sabe lo que hace y sus tiempos son perfectos”. Así como soy ferviente creyente de la importancia de la suerte, ya que podrá transportarnos al momento preciso en el que se abran las puertas, estoy convencida también, que la suerte, por si sola jamás te va a asegurar que estas se mantengan abiertas.


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