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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 16/05/2020 - 11:46 AM

[Opinión] Justos pagarán por pecadores, por Cecilia de Orbegoso


Por más que estemos acostumbrados a hablar del miedo a lo desconocido, son mayores las veces en las que me he encontrado con el miedo a perder lo conocido.

No todos los miedos son iguales, ni mucho menos se parecen. Y tal como dice el dicho: “más vale malo conocido que bueno por conocer”, por más que estemos acostumbrados a hablar del miedo a lo desconocido, son mayores las veces en las que me he encontrado con el miedo a perder lo conocido.

A pesar de haber tenido varias clases juntas, la amistad entre Mariela y yo surgió cuando pasamos de compartir salón de clase a compartir oficina. Trabajamos juntas casi 5 años y puedo decir, sin lugar a dudas, que ella es una de las pocas personas que me conoce realmente de pies a cabeza. Mariela, a lo Tarzán, había pasado, durante esos años, de relación tóxica en relación tóxica. La única diferencia fue que, en lugar de lianas, ella saltaba de una pena a la otra. 

A pesar de que muchas de esas experiencias fueron más que dignas de su propia historia, la última fue la que se marcó en su memoria como la más devastadora. El nivel de dependencia que le llegó a causar era tal que la relación se había vuelto para ella un trabajo full time. 

Conoció a Julián una noche en Café del Mar, en una de esas salidas que tienen como propósito enterrar a un finado galán. Hubo química automática y empezaron a salir. Una vez más, y de manera precoz, ella declaraba amor eterno; mientras que él a cambio no hacía más que demostrar cautelosamente su afecto. Ella, a sus amigas les presentaba muy orgullosa a su nuevo enamorado. Él, por otro lado, sentía que aún no había firmado ningún contrato. Mientras más piano piano se tomaba él la relación, más in crescendo iba la ansiedad de Mariela. 

Sentía que por más esfuerzos que ella hacía, Julián se le escapaba de las manos, e inmediatamente se le helaba la sangre sólo de pensar que su relación podría tener un final algún día. No había necesidad de que nadie se lo diga, en el fondo de su corazón ella era consciente de que el miedo que tenía a no ser querida del modo en que ella quería había dejado de ser un supuesto para transformarse en una realidad. 

El día D llegó junto con el final del verano. Julián, lleno de arrogancia, le dijo a la cara que efectivamente no la quería como inicialmente él había creído y, ni bien terminada la Semana Santa y con ella el fin de la temporada, él ya presumía en Facebook fotos con su nueva enamorada. 

Mariela se quedó estancada pensando en él (y de paso sufriendo por él) por más de un año; con el perenne delirio de que éste, cabizbajo y arrepentido, un día le toque la puerta tras darse cuenta de que no podría sacarla de su mente.

Hace poco empezó a salir con alguien nuevo, un chico muy distinto a su perfil habitual y que, además, la trataba de un modo al que ella no estaba acostumbrada. La semana pasada, conversando con Mariela, me contó que ya eran varias las noches en las que, cual búho, el insomnio la invadía y con éste llegaba una sensación de angustia incontrolable. Me decía que no era capaz de identificar qué le estaba generando semejante ansiedad. Pero, con justa razón se dice más sabe el diablo por viejo que por diablo, por lo que yo le contesté "¿no será que, por primera vez, estar con alguien no te hace doler?" 

No estaba acostumbrada a navegar en aguas tan mansas, y dado que no encontraba nudo alguno por desamarrar, se había empecinado en enredar las cuerdas ella misma. No solo se había acostumbrado a sentir dolor, sino que se había anclado en la idea que, sin este, era imposible que existiese amor. 

Titubeando un poco, también me contó que Julián la había vuelto a buscar, ya que él y la novia acababan de terminar. "Clásico", le dije yo, "hombre que se va sin ser echado, vuelve sin ser invitado", pero en el fondo me quedé pensando en lo selectiva de su memoria, el pasado le había tocado la puerta y ella, de la manera más ingenua y sin ninguna duda, lo estaba invitando a pasar. "Ni se te ocurra, ¿qué tanto te cuesta desprender?" le dije, sabiendo que era todo en vano. Mientras que en algunos aspectos era un ejemplo de firmeza y tenacidad; con Julián, el miedo de perder hacía que Mariela se llenase de inseguridad. 

No pude evitar preguntarme, siendo un mismo confesor quien debe escuchar incontables veces el mismo pecado, ¿Por qué es que no les da la misma penitencia a todos los pecadores por igual? ¿Tendremos miedo acaso a que algunos decidan un día prender sus velas en otra catedral? ¿o es que no estamos dispuestos a perdonar los males por igual?


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