El ‘escribidor’ presentado
Fecha: 2017-01-23 17:49:26
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Por: Róger Antón Fábian


NACIMIENTO Y SIGNO ZODIACAL.


Mi nacimiento fue resulta de la desazón de un terremoto en mi ciudad natal y el enamoramiento: Mi madre llena de terror por los remezones del sismo que hasta ahora de un salto la incorporan de su asiento viajó alejándose de las pestes y la hambruna de aquellos días hacia la antigua ciudad de Trujillo; mi padre, que tenía en su haber ya tres hijos y era un secreto tan celosamente guardado que ni él mismo lo sabía acabó por comprometerse con mi madre y entre mi hermana inmediatamente mayor y yo tan solo median días de diferencia en la fecha de nacimiento. Nací pues algún tiempo después de amores y penas ese siete de mayo de 1975 y mi signo astrológico es Tauro, del cual he sacado todo menos el carácter; por consiguiente, no suelo ser impetuoso e inesperado, aunque quizá por separado sea cada cosa a la vez. Mis tendencias intelectuales son estrictamente todas de orden literario. Mi planeta no sé cual es; y, a pesar que me he vuelto supersticioso ya por experiencia no me interesa. Mi color es más bien una tonalidad del amarillo con la cual más me identifico porque es el símbolo del amor y la amistad (aunque en realidad me gusta el azul).


INFANCIA.


Tenía casi cuatro años desde cuando guardo el primer recuerdo de mi infancia y de lo que fue mi familia verdadera de la cual provengo, después como todo en la vida se fue desintegrando y tuve que construir otra entre tantos intentos frustrados: mi tío materno Eleuterio Fabián llamándome afectuosamente “cholito” y paseándome en una carretilla que usaba como herramienta de trabajo. Era constructor y aficionado a las revistas de historietas, por lo cual terminó sus días como en una de las historietas que leía: se suicidó. Miraba esas figuras y sus textos con una curiosidad y afición de la cual me quedó la manera de concentrarme por lo escrito y de la que nunca he podido safarme.


CHIMBOTE. SU BARRIO.


Nací en Chimbote, un pueblito que es un puerto a cinco horas en ómnibus interprovincial desde Lima, la capital de mi país. Fue un día miércoles y casi un día de miércoles, pleno de sol, cuando el mundo giraba tal cual; no ocurrió absolutamente nada, salvo que esa fecha a saber llovió todo el santo día en París, ciudad tan querida por algunos escribas, y donde murió uno de mis compatriotas más conocido literariamente en el mundo: César Vallejo con aguacero y todo. Crecí en Miraflores, un barrio popular suburbano de Chimbote, cercado de prostitutas y ladrones que no tenían el menor escrúpulo para ejercer sus fechorías a vista de todo el mundo: el disimulo era cobardía. La casa de mi madre, que era señero reducto de honestidad en el barrio y donde me crié tuvo siempre un gran jardín y una huerta lleno de gallinas, patos, perros y palomas, que para mí fueron como mi pequeño Paraíso donde recreaba las series de televisión que veíamos los niños del suburbio en un televisor en blanco y negro que la abuela Victoria, una vecina, alquilaba por unos cuantos centavos para ver la función de la tarde. Pero en ese Paraíso yo estaba la mayor parte de las veces solo, en ese sentido no guardo un recuerdo grato de mi infancia. Mi padre pocas veces estuvo conmigo; y el trato con los animales hubo de despertar una sensibilidad excesiva o una tristeza frecuente: hablaba con los peces que traía del río, las gallinas, conejos o cuyes que hacían nidos por entre los enseres de la casa y darles de comer era una tarea que desde niño aprendí. (Foto: Chimbote en blanco y negro). 


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